Pedro Tenorio


LAS ENSIMISMACIONES



No sé por qué las plañideras hojas buscan el suelo. No sé por qué la muerte es azul.

¡Qué oscuras son las rosas amarillas! ¡Cómo se ocultan y se marchitan, y se mueren después, como tú, mientras vivías! ¡Cómo se arrugan las rosas! ¡Cómo se desnudan! ¿Por qué te mueres? Se deshojan los pétalos, tú te deshojas entre los huesos blancos. Si no me eres la flor más marcesible, ¿cómo hueles a Dios? Y cada pétalo de tus ojos se despoja de Dios o de un olor que lleva a cuestas la luz, la luz, la luz.

Interrúmpete un poco, deja ya de morirte y oye cómo suenan las nubes, la luz del horizonte, la primavera triste o las estrellas: tililan. Nos apagamos.

¿Qué vida es la que no te dura? ¿Qué nombre adquiere el pájaro huérfano de un hijo? ¿Cómo me llamas, mudo, si sobrevivo y no me lo reprochas?

No sé, no sé, no sé. ¿Es pétalo marchitable el alma?

¿Hacia dónde se mueren los jóvenes, los músculos hermosos de los muertos? ¿Se mueren hacia dentro?

Yo he velado la vela de tu barca en este río. Tu alma es un rectángulo con agua hecha de mármol sin vetas.

Tú rematado y blanco, pero miras al norte o al oeste, según los meandros te conducen.

Desorientado: oriéntame la vida o desoriéntame el cuerpo.

Después de todo tú te me licúas cada vez que te nombro. Te quedas blanco y luego amarilleas entre los otros cuerpos que te escoltan en tu volátil duda.

Se desorienta el sol, todas las brújulas miran al sur se van en procesión hacia el ocaso. Todos se mueren, pero aletean, pero aletean. Se desvanece el mundo desde tu huida, los pájaros no vuelan: se desorientan, las flores no eclosionan, mueren las piedras. Todo se alarga indefinidamente.

Eres barco fantasma, una obsesión perversa que se repite y sueño y sueño y sueño desvelado y eterno en que te vivo. Y yo, un fantasma de ti.

Pero soy yo el que te significa si te ahogo en los versos. (Tú estabas ahí y nadie te veía). No vivías. Me estabas esperando para ser una alegría inutil. Sólo en el punto breve de esta altura conquistada por mí, te haces montaña. Quizás por eso las velas de tu barco no se tersan.

Hoy es la luz que cuaja el aire en carne y luego se disuelve poco a poco
y se amortigua, pero crecemos cuajos de las noches.

Amanece otro día. A lo mejor mañana sale el sol, que no llega a tus ojos.

No quieres luz. Los claveles, afuera, encarnados de sol te ignoran, y los pájaros.

Son al revés las cosas: las letanías empiezan por un Ora pro nobis, por nadie. La luz se acaba, te acabas tú, tu nicho sigue a flote.

Es en tu cuerpo deshilvanado en donde se descomponen todas las novias que no has tenido, todas las novias de cada noche y sus pulsos no saben del universo oscuro, de la muerte más mística, de tu propia evidencia, del éxtasis azul en que floreces.

Toca ya lo que puedas, las pesadumbres o el frío, el calor de la carne sin equilibrio. Y resucítate: toca los mármoles, los muslos, los azahares, la luna y los olivos, los pechos álgidos de todas las noches, toca la oscuridad y sobrevívete.

No te canses del todo. ¡Mira la luna! La más oscura estrella vive en el alma del universo. ¿Y tú no vives? ¿Hasta cuando te mueres? ¿Hasta qué vida?

Acostumbrada tu tez a ir expandiéndose veloz y casi triste, se hace alma en el aire y el aire se hace alma de ti.

Tu cuerpo se disuelve y huele a frío y se expande infinito en el espacio verde
y no me cabes en la luz o en la noche de este puerto nocturno.

Todos los náufragos se sobreviven a su pasado innecesariamente. Me recompensas. Tú redivivo.

La perspectiva honda de tu futuro es muerte de ilusión a secas. Disecado y distante y acostumbrado ya a tu joven calavera, como un barco, escorada.

Tu corazón de mármol, tus huesos grises, tu carne ya disuelta no se ilusionan
en mayo: se desvanecen más en cada primavera: indefinidos, muertos.

Donde arde la memoria, donde me habita, donde la pena insiste, donde
apenas desnudo te vas descomponiendo y donde no quisiera, es en mi cuerpo,
que vive.

¡Qué blancas son las oquedades! ¡Qué albas las nadas, donde pasáis los muertos las ensimismaciones!

Soy carne descompuesta que me late despacio, oh lentitud tenaz, por el espacio arriba, hasta ti que te callas. Oh cuerpo derretido en las gamas de todos los colores de la luz, oh tu luz invisible.

Sólo me lates tú o tu memoria entonces, como un mes de mayo congelado contigo, para ti, sin mí, sin ni siquiera tú, arcángel o arroyo callado.

Descomunal tu abismo, césped oblicuo como plano inclinado, cada noche en el hueco extenuado de tus ojos, de tu futuro eterno, evaporado.

El color glauco de los labios desiertos, desarrollo anunciado de tus poros más nobles de ti mismo, impermeable ya.

Voy a ablandar la luz con mis caricias, caligrafías en la piel aún hermosa y tibia de tus hombros.

La historia de tu cuerpo desde entonces, cuando naciste carne de tu cuerpo para morirse pronto, la escribes cada noche que te apagas.

Eres constantemente tú. Eres un hueco excéntrico. Mas eres todavía, y te marchitas.

No sales victorioso ni arrumbado de Dios sino en la tierra misma que fecunda tu cuerpo que ya es claro.

¿Adónde voy, si no puedo seguirte? Extenuada luciérnaga.

Si me callara, si no dijera del hueco redondo de tu cuerpo…, tú me oirías mejor si me callara, como la luz se calla.


Pedro Tenorio Matanzo (Madrid, 1953) reside en Talavera de la Reina desde 1982. Licenciado por la Universidad Complutense de Madrid y Doctorado por la de Málaga, profesor de Educación Secundaria, asesor de centro de profesores y Profesor Tutor de la UNED, ha publicado varios libros de Didáctica de la Literatura. Es autor de los poemarios Muertos para una exposición (1984) y Evila (1991). Sus versos han recibido numerosos premios (como el VII Premio Internacional de Poesía Jaime Gil de Biedma 2010). Pedro nos ha regalado estos magníficos “puñetazos” en prosa de La luz se calla, desgarrada escritura del dolor por el suicidio de su hijo, Jorge.

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