Los ojos de un demonio

Nadia Cortina

La lluvia caía pesadamente sobre la ciudad, que parecía teñida de gris por el aguacero. La joven apretó la espalda contra la pared, estaba bastante lejos de su casa y no llevaba paraguas encima, así que solo le quedaba esperar bajo una terraza hasta que amainase. Volvió a abrazar la bolsa de papel, esta vez con más fuerza. Tenía que evitar que se mojase, o lo que había en su interior quedaría muy mal parado. Le había llevado todo el día dar con aquel libro y llevaba buscándolo desde que tenía memoria. Solo que no buscaba en el lugar adecuado. Sonrió, la verdad es que no se le habría ocurrido ir a una tienda especializada en ángeles a preguntar por él de no ser porque había visto de refilón que el escaparate estaba lleno de ellos. Pero cuando entró a la tienda a preguntar por el precio de un tomo, el dependiente la miró de una manera muy extraña, casi incómoda. Sí, era una adolescente interesada en los ángeles, ¿qué problema había en ello? Bueno, de todas formas eso ya no importaba, por fin era suyo.

Como la lluvia no parecía estar por la labor de parar, decidió abandonar la seguridad de su terraza y emprender el camino al portal más cercano. Evitó como pudo los goterones de los balcones y por fin llegó a un rellano seco. Dándole las gracias a toda divinidad habida y por haber, se resguardó y consiguió acomodarse sentada en un escalón.

Una vez hubo comprobado que estaba totalmente fuera del alcance de las gotas de agua, sacó el libro que llevaba en la empapada bolsa. Pese a que la pobre bolsa de cartón estaba hecha una pena, la cubierta de cuero del tomo había resistido sin problema la humedad. Acarició con las yemas de los dedos las letras grabadas sobre la portada, en ellas se leía El libro de Enoc. Sonrió para sí misma. Por lo que sabía nunca había leído ese libro, ni le habían hablado de él, nada. Y, sin embargo, desde que alcanzaba a recordar, había sabido de su existencia, incluso del argumento. Su madre se quedó helada cuando, con siete años, le recitó varias citas de ese mismo libro.

Eran pequeñas cosas sin explicación que siempre le habían pasado: saber cosas que no le correspondía saber, el pánico irracional a las estaciones de metro, los continuos dejavus y la fuerte sensación de que le faltaba algo, un vacío interior, saber que había algo. Sospechaba que la clave estaba en un sueño que se repetía cada noche, en el que siempre estaba a punto de descubrir la verdad, pero cuando se despertaba todos los recuerdos de la noche se le escapaban como agua entre los dedos.

Y lo peor de todo era que sus padres lo sabían todo. No solo conocían sobre sus dudas, sino que tenían las respuestas a todas y cada una de las preguntas que continuamente les hacía. Pero nunca habían querido responder a una sola. Eso hacía que le hirviese la sangre y discutiese continuamente con ellos o, mejor dicho, discutía ella sola, ya que su padre se limitaba a sonreír misteriosamente mientras que su madre simplemente la abrazaba con cariño. Pero es que solo a ella se le ocurría intentar discutir con el segundo duque del infierno y con un arcángel.

No pudo evitar sonreír con sorna. Sí, ella, una humanita de a pie como otra cualquiera, era hija de nada más y nada menos que Astaroth y Gabriel, la primera pareja de ángel y demonio desde la creación de la humanidad. Suspiró, jamás le dirían nada, tendría que encontrar sus propias respuestas.

Abrió el libro y comenzó a pasar las páginas con cuidado. Pese a ser recién comprado, aquel libro era mucho más viejo que ella. Las páginas habían adoptado un tono anaranjado y estaban impregnadas de ese olor entre dulce y áspero de los libros antiguos. Se acercó el tomo al rostro e inhaló aquel aroma, le gustaba, siempre lo había hecho.

De pronto una frase llamó su atención y tuvo que retroceder un par de páginas para volver hasta ella. “Achácale a Azazel todo pecado”. Conocía la historia, sabía bien a qué y a quién se refería. Ella misma era una huna del equilibrio, una hija de un ángel y un demonio. Ese fue el pecado por el que condenaron a Azazel. Sus padres se lo habían contado de niña, aquella era una de las pocas verdades que le habían revelado.

Pero aquella frase tenía un significado diferente para ella, era algo muy importante, de eso estaba segura, pero no lograba entender qué era. Aquella frase tenía algo que ver con ella, algo que había pasado hacía mucho tiempo. Y recordaba haberla escuchado decir a alguien, a alguien familiar, pero aquel recuerdo era vago y borroso, como si formase parte de aquel sueño que siempre la acompañaba. Podría ser eso, podría ser parte de su sueño. Pero ¿era solo un sueño? No, estaba segura de que no era así, pues se le encogía el corazón al pensar en ello. Allí había algo gordo y tenía que averiguar qué era.

Sin embargo, el hilo de sus pensamientos fue cortado de raíz por un gran escalofrío. Alguien la estaba observando, alguien que no era humano. Conocía muy bien la sensación, el vacío en el estomago, el vértigo, la inseguridad… era un demonio quien la miraba, pero no podía ser nadie que conociese.

Levantó la vista lentamente. Ante ella, en la calle de enfrente, se encontraba un chico un par de años mayor que ella, sin llegar a los veinte. Tenía el pelo negro y revuelto que casi le tapaba el rostro. Por la camisa blanca y los vaqueros podría decirse que estaba recién levantado de la cama, o que se había dejado caer la ropa sin preocuparse de cómo le quedaba. Y la verdad era que le quedaba de maravilla.

Pero no fue eso lo que llamó su atención, sino sus ojos. Grises como una nube de tormenta, aquellos ojos jaspeados de rojo no se apartaban de ella. La expresión del demonio era confusa, sorprendida y esperanzada, todo a la vez; y ella se dio cuenta de que, sin saber por qué, estaba conteniendo la respiración.

Parpadeó; se conocían. Estaba tan segura de conocerle como lo esta de no haberle visto jamás en la vida. “En esta vida” susurró una vocecilla en su interior. Y entonces su corazón se paró, y un torbellino de imágenes la invadió. Polonia, Valencia, Madrid, Alemania, Shangai, Florencia… todos los lugares, todas las experiencias, todas las personas a las que conoció: Madonna Constanza, su padre, Jotapé…

Angelo.

Tomó una bocanada de aire, intentando asumir sus recuerdos recién adquiridos. Se sentía un poco mareada, un poco sobrecargada, pero por fin todo tenía sentido. Su padre Iah – Hel, le había enseñado El libro de Enoc, tenía fobia a las estaciones de metro porque en Berlín la habían tirado a las vías de uno. Y los dejavus, como cuando fue al retiro por primera vez y vio la estatua de El ángel caído. Ya había estado allí, ya lo había vivido antes. En su anterior vida.

Buscó de nuevo al demonio, que no se había movido de su sitio. La joven respiró hondo y se levantó, dando un paso al frente. Se iba a mojar, pero no le importaba, apenas notó el agua cayendo sobre su pelo, porque cuando iba a dar el segundo paso, él ya estaba justo delante de ella.

Durante unos segundos permanecieron así, inmóviles, uno frente al otro, mirándose a los ojos, tan solo a un paso de distancia. Ella no sabía cómo debía reaccionar, estaba saturada de información, de recuerdos, de sentimientos…

Entonces, él levantó su mano hasta alcanzar su rostro y, despacio, casi con miedo a que se desvaneciese si se precipitaba, acarició su mejilla. La chica se estremeció ante su contacto, cálido y suave. Recordaba su rostro, su voz, el corto pero intenso tiempo que habían pasado juntos, y sobre todo el abrazo que le dio cuando se despidieron, pero no conseguía recordar su tacto, pues casi durante todo aquel tiempo había sido un vano fantasma.

Suspiró, en aquellos días había deseado con todas sus fuerzas cualquier tipo de contacto físico y real, un abrazo, una caricia, incluso una palmadita en la espalda. Pero nunca se había atrevido a imaginar lo que estaba ocurriendo, aquello superaba todas sus expectativas, todos sus deseos, y con creces.

Él hundió los dedos entre su pelo y ella tuvo que parpadear para contener las lágrimas. Los ojos del demonio seguían mostrando su asombro, pero ahora parecía entreverse un poco de ternura. Ella sonrió, él no mostraba sus sentimientos pero en aquel momento parecía incapaz de evitarlo. Sin embargo, una sombra de duda surcó su rostro, frunció el ceño, y la miró con más intensidad.

¿Cat? susurró, con voz temblorosa. ¿Eres tú?

Ella sonrió al escuchar su nombre. Sus padres nunca habían querido llamarla así, siempre había sido Caterina para ellos. Pero le encantaba como sonaba Cat en los labios de él.

¿Me has esperado? preguntó, sin poder acabar de creer lo que estaba ocurriendo.

Entonces, casi sin darle tiempo para reaccionar, él la estrechó entre sus brazos. Su corazón comenzó a latir como si hubiese estado corriendo diez minutos en sprint, y sintió cómo el resto del mundo empezaba a desvanecerse, quedando únicamente ellos dos. Ya solo le importaba el dulce y atrayente olor de su piel, la suave presión de sus brazos en su cintura o el aliento de él en su cuello.

Por fin reaccionó y rodeó a su vez al demonio con sus brazos, posando con delicadeza las manos sobre su espalda. Como respuesta, él estrechó aun más su abrazo y sonrió.

Durante casi veinte años susurró en su oído, agarrándola de las caderas y separándola de sí. Cuando volvieron a estar cara a cara, él la miró a los ojos. Los dieciséis años más largos de mi vida.

Cat sonrió, intentado poner una expresión sarcástica, pero sin poder retener por más tiempo el llanto. Sabía que él no haría nada de aquello si realmente no quisiese hacerlo, sabía que los demonios prácticamente nunca mentían.

Angelo… comenzó, pero le faltaban las palabras. Era la tercera vez que intentaba decírselo, pero no parecida ser la vencida.

Sin embargo, él pareció entender lo que trataba de decirle, porque volvió a colocar su mano en la húmeda mejilla de ella y la silenció con el pulgar.

No hables, sé lo que estás pensando dijo, acercando tanto su rostro al de ella que casi se tocaban.
Angelo… quería decírselo, necesitaba hacerlo, pero no podía yo… volvió a quedarse sin palabras, había tanto que quería decir que no sabía como hacerlo, no sabía cómo expresar todo lo que estaba ocurriendo en su interior, pero aun así quería que él lo supiese tú… esta vez fue él quien la impidió continuar, sellando sus labios con los suyos propios.

Cat se quedó sin respiración, mientras su corazón bombeaba frenéticamente sangre hacia sus mejillas. Una leve sensación de mareo la invadió, como si flotase muy alto, por encima de todo y de todos. Sintió cómo el mundo se paraba, cómo todo desaparecía, menos ellos dos, menos ese momento. Al fin tenía la respuesta a todas sus preguntas, por fin había encontrado lo que llevaba tanto tiempo buscando.

Poco a poco él fue separando sus labios de los de ella, casi a regañadientes. Cat le miró fijamente, deleitándose con aquel rostro que siempre había visto entre las nieblas del sueño. Ahora estaba allí, a su lado; ahora era real. Lentamente su pulso fue calmándose, y sintió como si todo estuviese bien, ordenado, en paz.

Te quiero dijo, con voz firme, mientras volvía a besarle.

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