Las novias de Bécquer

M. BERNAL ROMERO


Señalado por la muerte

La vida de Bécquer, como su obra, está marcada por la muerte, las necesidades económicas y la penuria (al menos en sus primeros años madrileños), las enfermedades (sífilis, tuberculosis –aunque ésta parece ser un invento romántico sin fundamento-) y por la falta de un empleo estable que le proporcionase el sustento que no consigue con lo que escribe. Ese sostén –aún sin dejar la escasez– lo alcanzaría trabajando temporalmente en muchos de los proyectos periodísticos que por entonces existen en Madrid: El Porvenir, La Ilustración, El Mundo, El Contemporáneo, etc. Su sino pareció cambiar momentáneamente cuando en 1864 González Bravo, ministro conservador de Isabel II,  lo nombró censor o fiscal de novelas, cargo por el que según se cuenta cobró pero que no llegó a desempeñar nunca pues se dedicó a trabajar en su obra. Sin embargo González Bravo no dura mucho tiempo en el cargo, ni la primera ni la segunda vez que lo mantiene a su servicio, y Bécquer terminará formando parte del nutrido grupo de cesantes[1] que deja su empleo cuando el ministro es derrocado.

Fue a ese ministro a quien Bécquer entregó para que se lo publicase el ‘Libro de los Gorriones’ que incluía sus rimas. Pero al ser destituido en 1868 su casa fue saqueada y el manuscrito desapareció. Por esa razón Bécquer hubo de reescribirlo de memoria mientras estaba retirado en Toledo en compañía de sus dos hijos mayores y de su hermano Valeriano, sin embargo el libro no se publicó hasta después de muerto por intercesión de sus amigos y con ilustraciones de su hermano, que había fallecido no hacía mucho.

El certificado de enterramiento de Gustavo Adolfo dice que la causa de su muerte fue “un grande infarto de hígado, complicado con una fiebre intermitente maligna o perniciosa”, y que “falleció sin testar, dejando tres hijos, a la diez de la mañana”. A los cuarenta minutos del óbito hubo un eclipse de sol. Su amigo Rodríguez Correa  recordaría así sus momentos finales: “¡Extraña enfermedad y extraña manera de morir fue aquélla! Sin ningún síntoma preciso, lo que se diagnosticó pulmonía, convirtióse en hepatitis, tornándose, a juicio de otros, en pericarditis; y entretanto, el enfermo, con su cabeza siempre firme y con su ingénita bondad, seguía prestándose a todas las experiencias, aceptando todos los medicamentos y muriéndose poco a poco. (…) ‘Acordaos de mis niños’,[2] fue lo último que dijo. Pocos meses antes había muerto su hermano Valeriano, hecho que le había sumido ‘en una profunda depresión que contribuyó decisivamente a agravar su enfermedad’.”[3] La muerte de su hermano, único lazo con su familia, aceleró un final que dada su falta de vitalidad, quizá viniera cantándose desde que en su más tierna infancia quedó huérfano de padre y madre.


Amor, desamor y misterio

Quizá la otra gran clave en la vida de Gustavo Adolfo fue el amor. Con nombre Bécquer solo reconoció la relación “amorosa” que mantuvo con Casta Esteban, la mujer que terminó convertida en su esposa y con la que tuvo tres hijos, aunque suyos solos lo fueron los dos primeros. Lo que resta de su vida amorosa debió de arder con las cartas de amor que atadas con una cinta azul, mandó quemar a su amigo Augusto Ferrán cuando estaba a punto de morir, aduciendo que si se leyeran “serían mi deshonra”. De manera que lo que se sabe sobre los amores del poeta se debe siempre a fuentes ajenas al escritor, que nada dijo al respecto por pudor y, una vez casado, posiblemente también por respeto a Casta.

Se da la circunstancia además que para una vez que una de sus rimas –aunque atribuidas– aparecía dedicada “A Elisa” (rima LXXX), incluyendo una de las declaraciones de amor más bellas de la literatura romántica española, Rafael Montesinos, quizá uno de los principales investigadores sobre la vida y obra del poeta, en su libro “Bécquer. Biografía e imagen”[4], afirmó (sin las pruebas que hubiera querido para ratificar su aseveración) que esa rima nunca fue escrita por Bécquer, sino que fue una invención de su supuesto descubridor, Fernando Iglesias Figueroa, que la escribió para su novia Elisa Pérez Luque, quien después se convertiría en su mujer.

Así pues, los románticos  y conocidos versos que siguen, aunque sí tuvieran a  Elisa en el pensamiento, poco tuvieron que ver con nuestro escritor:

Para que los leas con tus ojos grises,
para que los cantes con tu clara voz,
para que llenen de emoción tu pecho,
hice mis versos yo.

(…)

Para poder poner ante tus plantas
la ofrenda de mi vida y de mi amor,
con alma, sueños rotos, risas, lágrimas,
hice mis versos yo.

Posiblemente el primero de los amores de Bécquer pudo ser Julia Cabrera, la novia adolescente que el poeta dejó en Sevilla cuando se marchó a Madrid esperando encontrarse con la gloria. La tal Julia lo esperó soltera toda la vida y se murió con la pena de saber que no fue la inspiradora de las rimas. Se ha dicho que fue tan grato su recuerdo que cuando Bécquer apadrinó a su sobrina Julia le puso ese nombre en su honor y no en el de Julia Espín, seguramente su gran amor y la inspiradora de muchas de sus rimas, pero también la razón de su amargura y de sus desengaños. Al contrario que la sevillana esta última negó su relación con el poeta incluso cuando ya muerto había alcanzado cierta fama.

Julia Espín era hermosa y enérgica, altiva y desdeñosa, de cutis moreno pero pálida, alta, delgada pero de hombros anchos, de cabellos oscuros, rizados y abundantes, de ojos pardos –o negros incluso– y desmesuradamente abiertos y hasta un poquitín saltones[5]. A pesar del silencio de Bécquer sobre sus amores, contemporáneos suyos  apuntan a que fue esta mujer su gran amor, y que incluso ella accedió ante la insistencia de Gustavo, pero sin creer nunca que sus “relaciones fuesen intensas y duraderas. Bécquer, con esa inevitable venda del enamorado, creería ver amor donde solo existió indiferencia desde el principio”[6] ya que ella, que tenía otras ambiciones, lo rechazó en todo momento.

Parece ser que Bécquer la conoció mientras se asomaba a su balcón en compañía de su hermana Josefina en el otoño de 1858, cuando el poeta, todavía convaleciente de una grave enfermedad, daba largos paseos prescritos por el médico acompañado de su amigo Julio Nombela. Los hay también que opinan que aquello no pasó de amor platónico y que todo fue idealizado por el poeta. Otros piensan que Bécquer a quien de verdad quiso fue a Josefina, que se correspondería más con el ideal romántico por sus maneras delicadas y sus ojos azules. Pero la realidad quizá sea que lo intentó con las dos hermanas cuando acudía a su casa familiar para participar de las veladas que organizaba el padre de ambas, el músico don Joaquín Espín Guillén.

Los que creen en la existencia de Elisa Guillén (ya hemos advertido lo asegurado por Montesinos sobre la falsedad de la rima y por ende lo inadecuado de creer en su existencia) piensan que la conoció en torno a 1860. Pero de Elisa nunca se ha concretado mucho, aunque se ha dicho que pudo ser una dama acomodada de Valladolid, pero siempre sin puntualizar nada, manteniéndola en cierta manera como un enigma puramente romántico. También hay quienes opinan que Elisa podría ser un pseudónimo literario que usara el escritor para referirse a las dos hermanas Espín. Fíjese que los apellidos del padre eran precisamente Espín Guillén.

Quienes piensan que Elisa y Julia fueron la misma persona fundamentan su opinión en que la rima dedicada a la primera se inicia con los versos ‘Para que los leas con tus ojos grises,/ para que los cantes con tu clara voz”, siendo dato conocido que Julia era cantante de ópera.

Hay sin embargo otra Elisa en la vida del poeta, Elisa Rodríguez Palacios, hija de un violinista del Teatro Real, que terminó –según la tradición familiar y como recoge Montesinos– apartada en Hellín (Albacete) con el objeto de interrumpir su noviazgo “con un poeta pobre y enfermo” (de nombre Gustavo Adolfo Bécquer), según declarara su familia. Ambos “se conocieron (a mediados del siglo XIX) de balcón a balcón, y lo que se inició con un mudo diálogo de miradas terminó en idilio. Elisa tenía el cabello rubio dorado; las maneras, delicadas; los ojos, verdes,  y la voz, armoniosa y muy femenina.”[7] ¿No sería esta otra Elisa aquella que negamos al principio?

Verdes fueron también los ojos de la hermosa Alejandra, la joven toledana que se entregó y “consoló” al poeta cuando se retiró en Toledo en 1869, mientras estaba separado de su mujer.

Con Casta Esteban “le casaron” –así lo dice su amigo Nombela– en mayo de 1861 cuando ella contaba diecinueve años para reparar los escarceos amorosos que ya se habían sucedido mientras el poeta acudía a la consulta de su padre, el doctor Francisco Esteban, especializado en enfermedades de tipo luético[8], como la sífilis; aunque Julia –la sobrina de Bécquer– quiso mantener siempre que la especialidad del médico era la de oculista. Julia Bécquer fue también la que dijo que “Casta era guapa, pero antipática; (que) tenía en la cara algo trágico y desagradable; (y que) pertenecía a una familia rica y tacaña.”[9] Se ha dicho también que Casta fue embarazada al matrimonio; sin embargo el cómputo de los meses que transcurren hasta el nacimiento de su primer hijo no lo corrobora. Lo cierto es que fue con este casamiento cómo el poeta solventó de un plumazo tanto sus necesidades amorosas como económicas. Estos pormenores quizá justifiquen que la única rima que se conoce dedicada a su esposa sea de una notable frialdad,[10] desapasionamiento y distancia. Aunque también hay quienes opinan, como Carlos J. Barbáchano, que el casamiento con Casta le aportó la calma que necesitaba el escritor, convirtiéndose en “un vago y finísimo aliento de seguridad, de apoyo, (y) de sosegada complacencia.”[11]

Sin embargo sí parece evidente que con Casta no existirá en ningún momento el más mínimo intercambio espiritual. Será solamente la madre de sus hijos y el “ama de su casa”. González Reparaz, hijo del músico Antonio Reparaz, del que Bécquer fue muy amigo, refiere la siguiente cita a partir de las visitas que la pareja hacía a casa de sus padres: “Mi madre intimó con doña Casta, la mujer de Bécquer. Oíala sus cuitas[12] (quejábase de exceso de poesía y de escasez de cocido) mientras Gustavo Adolfo oía la música que mi padre tocaba en el piano. El cuadro era éste: mi madre y doña Casta cuchicheaban en el cuarto de costura; Bécquer, tumbado en el sofá, caía en éxtasis y con los ojos cerrados escuchaba inmóvil.”[13] Todo apunta que ni su hermano Valeriano ni la mayoría de sus amigos llegaron ni a intimar ni a aceptar nunca a Casta, ya fuese por su no preparación intelectual, o porque pasó de ser la mujer celosa que acompañaba a su marido hasta las redacciones de los periódicos en los que trabajaba, a engañar al poeta con un notario de Noviercas (Soria), su pueblo natal; aunque otros –como Heliodoro Carpintero en su libro Bécquer de par en par (Madrid: Colección Ínsula, 1972)[14]– afirma que le fue infiel con un maleante, salteador de caminos y asesino apodado “El Rubio”, relación de la que nacería el tercer hijo de Casta. Tras esa tragedia conyugal y un serio incidente de Bécquer con el amante, el poeta la abandonó dejando atrás siete años y medio de convivencia. Marchó entonces con su hermano Valeriano –también separado– y sus dos hijos a vivir a Toledo, donde volvería a enamorarse, de la ya mencionada Alejandra, pero también de una novicia, enclaustrada en uno de los conventos que Bécquer visitaba.

Hay quienes opinan que el verdadero culpable de la ruptura con Casta fue su hermano Valeriano, que no se sitúa precisamente como su mejor consejero ante una mujer con la que el poeta no era feliz.  Para Nativel Preciado “todos consideraban que había sido un matrimonio absurdo, en especial, su hermano Valeriano que no podía soportar el trato con su cuñada”.

A propósito de todo esto y quizá para concluir, habrá que opinar como el escritor Juan Valera que es “empeño inútil e imposible (…) el averiguar y declarar quiénes fueron las mujeres de las que Bécquer anduvo enamorado: la que hablaba con él, como Julieta, en el balcón donde anidaban las golondrinas y donde se enredaban las tupidas madreselvas; la que le dirigió una mirada tan beatífica que le hizo exclamar: ¡Hoy creo en Dios!; la que con su mano de nieve arrancó melodiosos sones del arpa olvidada; la que por infidelidad y traición hizo comprender al poeta por qué se llora y por qué se mata; (o) la que encerrada en el claustro dejaba oír su voz cantando maitines cuando en el silencio de la noche rondaba el desvelado poeta en torno del monasterio…”[15] Y habrá de ser verdad, como lo es que lo mejor de sus amores y desencantos, quedó como sus sueños entre sus versos.



Bibliografía

Obras Completas de G. Adolfo Bécquer, Estudio preliminar de Carlos J. Barbáchano, Gredos-RBA, 2005.

Bécquer. Biografía e imagen. Rafael Montesinos. Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2005.

Hablando con los descendientes. Carmen De BurgosMadrid, Renacimiento, 1929.

Historia de la Literatura Española: Reforma, Romanticismo y Realismo. Volumen III. Ediciones Orbis, SA., Barcelona, 1982.


[1] Cesante: funcionario que deja su puesto al tiempo que se cambia de gobernante.

[2]Bécquer, Gustavo Adolfo, Obras Completas, Estudio preliminar de Carlos J. Barbáchano, Gredos-RBA, 2005, que cita a Rodríguez Correa por su prólogo a la primera edición de las Obras de Bécquer (Madrid, 1871),  Página 181.

[3] Preciado, Nativel: El enigma Bécquer, Revista Mercurio, enero de 2009.

[4] Montesinos, Rafael: “Bécquer. Biografía e imagen” Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2005. Esta edición reproduce totalmente la publicada por la editorial RM en 1977.

[5] Ib. pág. 36. Características fisonómicas que recoge Montesinos de varias fuentes, entre otras las propias palabras escritas por Bécquer.

[6] Ib. pág. 32.

[7] Ib. pag. 49.

[8] Grupo de enfermedades de transmisión sexual.

[9] De Burgos, Carmen: Hablando con los descendientes. Madrid, Renacimiento, 1929.

[10] Visedo Orden, Isabel: Bécquer y la poesía postromántica. Historia de la Literatura Española: Reforma, Romanticismo y Realismo. Volumen III. Ediciones Orbis, SA., Barcelona, 1982. Pág. 276.

[11] Barbáchano, Carlos J.: Estudio preliminar a las Obras Completas. RBA Coleccionables, SA, 2005. Pág. 104.

[12] Cuitas: Quejas, angustias.

[13] González Reparaz, Antonio: A mi buen amigo Gustavo Adolfo Bécquer, Recuerdo y homenaje a su memoria, en “El Sol”, Madrid, 26 de febrero de 1936.

[14] Citado por Rafael Montesinos.Ib. pág. 63.

[15] Valera, Juan citado por Carlos J. Barbáchano en el Estudio preliminar a las Obras Completas, RBA coleccionables SA, Barcelona 2005. Página 181.

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