Eduardo Moga


[RECUERDO QUE, AL TERMINAR AQUEL DÍA INTERMINABLE…]


Recuerdo que, al terminar aquel día interminable, pensé que sería un buen motivo para un poema. [Yo no escribo versos, sino poemas; no escribo poemas, sino libros. ¿Podría continuar la serie, como en las hojas de pasatiempos o en las pruebas psicotécnicas, diciendo que no escribo libros, sino poesía? ¿Coincide la extensión de un libro con la de sus cubiertas? ¿Son los libros objetos físicos? ¿Lo es la poesía?].

Sería un buen motivo el celador que empuja, con desgana, la camilla de una anciana a la que nadie visita; el hipertenso [como yo] que ha sufrido un derrame cerebral; el físico nuclear y el visitador médico; el otorrinolaringólogo y el tuberculoso; el erotómano y el impotente; el skin al que le han abierto la cabeza de un botellazo y el que ha rajado un vientre con una navaja; el que transporta un bote con orines y el que no puede mear; el enfermo de cáncer que aún no sabe que tiene cáncer; el fontanero que desatasca una cañería por la que desaguan los restos fecales de los grandes quemados; la anatomopatóloga que acaba de diagnosticar un linfoma infantil [«proliferación homogénea de células linfoides pequeñas, con núcleos no hendidos, varios nucleolos evidentes y citoplasmas amplios, anfofílicos y vacuolados…»]; el gitano que aúlla a la puerta de la habitación donde acaba de morir su madre; el médico de guardia que se está limpiando las manos de la sangre de un politraumatizado, arrollado por una moto de gran cubicaje, en la que cabalgaba un borracho; el que ha recibido un mordisco en el pene que estaba siendo chupado; el comatoso y el cianótico; la bulímico y el anestesiado; el que suda anticipando el dolor que le infligirá quien haya de reducir su fractura, y el que suda anticipando el dolor que infligirá a quien haya de reducir la fractura; la enfermera que se aburre programando horas de visita y el ginecólogo que se aburre inspeccionando vaginas; el que piensa, en la sala de espera, qué le contará a su mujer para que no sospeche, y el que lamenta no poder cenar, porque su padre no se muere; el que extrae la sangre donada y el que confía en recibirla; el que, vestido con un camisón desabrochado, por el que se entrevén las nalgas, mira con ojos bovinos y un hilo de baba en los labios; el que pincha un ganglio, y sabe que es maligno, y el portador del ganglio, que lo mira con espanto; el hiperventilado y el que respira con una mascarilla de oxígeno; el que espera el nacimiento de un hijo y la que expulsa a ese hijo como si recibiera un bayonetazo; el cirujano que sabe que se ha equivocado y la enfermera que también lo sabe; el obeso que entra en el quirófano para reducirse el estómago y la anoréxica entubada para que se alimente; el director económico-financiero que paga la reparación de una fotocopiadora, una reposición urgente de papel higiénico, una corona de flores; el que mata el tiempo jugando a las damas y el suicida que no ha logrado quitarse la vida; el fisioterapeuta y la cocinera; el chófer y la psiquiatra; la violada y el mongólico; el cura que atiende de cinco a siete; el parapléjico; el tetrapléjico; el que ha perdido el habla y el que ha perdido la memoria; el electricista y el yonqui; el sidoso y la bibliotecaria; la limpiadora que se come el bocadillo junto a un cadáver del depósito; el muerto cerebral al que un cirujano católico se niega a desentubar; la mujer a la que le han extirpado un pecho largamente acariciado; el que sale a fumar a la calle en pijama y escruta con avidez a las mozas; el que lleva tres años sin dormir y el atormentado por los acúfenos; el que no recuerda el nombre de sus hijos, ni su nombre, ni si ha tenido hijos; el payaso que entretiene a los niños calvos; la que reza a Dios para que cure a su primogénito y la que no entiende que Dios consienta la enfermedad del suyo; el policía que acompaña a urgencias a un preso con una crisis psicótica; el que aprovecha la visita de la novia para hacerle el amor en el lavabo; la auxiliar de laboratorio que calienta etanol en el matraz; el fumador que ha sufrido una angina de pecho y está resuelto a abandonar el tabaco [aunque posiblemente no lo consiga: el poder adictivo de la nicotina, incrementado adrede por las tabacaleras, es parecido al de la heroína, y sólo el 3% de los que intentan la deshabituación sin ayuda logra su propósito]; el que detesta el olor a formol y a orina, a desinfectante y a suero; el que viste un delantal de plomo para que la radioactividad no le fría los cojones; la fotógrafa que padece glaucoma; el que, en la mesa de operaciones, llama a su madre, que lleva años muerta; el militar con el ano desgarrado; el obrero sin dedos, porque su empresa no tenía presupuesto para guantes; el que fallece por una estenosis de aorta, cuando todo hacía pensar que se recuperaría; el que oye voces y el sordo; el anestesista cocainómano; el enfermo que lee a Saint-John Perse y el que lee a Lucía Etxebarría; el paciente en estado vegetativo al que hace diez años que su mujer le cuenta cosas, mientras le acaricia la frente; el hipocondríaco y el ciego; el huérfano y la alérgica; la lobulectomizada y el insolado.

[Recuerdo ahora Diario de una enfermera, leído hace años, plástico y brioso: el mejor ejercicio de poesía nosocomial que conozco. En una de sus visitas a Barcelona, I. estuvo en mi casa, abandonada por su anfitrión. Le di café, le di conversación, la dejé telefonear, la conduje hasta la estación, pagué el aparcamiento. No he vuelto a saber de ella].

Cuando salimos del hospital, aún no es de noche, pero una tibia turbiedad emborrona ya las casas que emborronan los cerros. El día se disloca: se perfecciona. Los pinos, envueltos en un sudario de polvo, dibujan poliedros verdes y despiden una fragancia lacerante. Los edificios de Montbau exhalan una tristeza hecha de zapaterías y escarpes, de cal macilenta, cuyo mortero es el tedio; sus sombras se destiñen; sus luces se desbaratan en gris. El barrio no se altera: es un lugar de tascas con manteles de papel, donde vecinos en pantuflas beben vino con gaseosa y juegan a la petanca. Los paseantes parecen metalúrgicos jubilados o sargentos del Ejército. Las mujeres son gordas.

Álvaro no se queja, pese a la mano sajada. A causa del derrame sinovial, la falange del pulgar le ha crecido unos milímetros. Me gustaría pensar en ese calcio imprevisto como en algo más puro: idealizarlo mediante la metáfora. Pero no puedo: es sólo un espolón sin raíz, un eco del dolor. [Aunque esto sea ya una metáfora].

Anochece también dentro. Se cierra el paréntesis de las horas, como si hubiera permanecido en un batiscafo: emerger es percibir la reclusión, la geometría del tiempo. Pero renace: es díscolo, se atiranta como un escualo, se enquista en el vacío. Los chillidos de las ambulancias embadurnan las paredes. Pero oigo también el silencio de la morgue y el amor.

He rozado el dolor. No: lo he vivido en el cuerpo de otro. El dolor alimenta ferozmente. Y, como el agua, da sed. El dolor es una mano ciega.

[Poema XIV de Bajo la piel, los días – Madrid, Calambur, 2010)



[SE ABRE UN HUECO, EN EL TIEMPO, EN EL AIRE…]


Se abre un hueco, en el tiempo, en el aire. El hueco se inflama, primero, como un ganglio, y se yergue, después, excitado por su propio fragor, y se solidifica. Es un cuchillo. Es una sima. Succiona. Escupe. Intuimos que nuestra vulnerabilidad se radicaliza: que predominan los lapsos de inexistencia; que somos no estar [los átomos de que se constituye la materia son sólo partículas que giran en el vacío, sin conexión tangible: la materia es la forma en que se manifiesta el vacío]; que nos diluimos cada vez que nos afirmamos. El hueco corroe o atormenta. Se le eriza la piel. Está erecto. Y, sin embargo, no abandona su inactividad: invita a la finitud, profiere adjetivos, rezuma fuego; y ese fuego es oscuro.

Debut diabético tipo I. Estas palabras ¿nombran o destruyen? ¿Son el bracear de un ahogado, la eyaculación de un ahogado, el nacimiento de un ahogado? ¿Designan el movimiento de un bacilo, el itinerario de una traición? [A veces he vislumbrado el confín de ese hueco: el acto que nunca podrá ser enmendado, y que perturbará la construcción sosegada del espíritu, la sucesión, acaso caótica, pero no inarmónica, de los días; me asomaba a esa ventana atroz y sentía un vértigo hirviente, del que me rescataba la constatación de que aún no me había precipitado en el abismo: una sensación casi idéntica a la del despertar de una pesadilla. Que mi padre averigüe que he suspendido. Que me descubran robando un libro. Que mis hijos mueran]. Las palabras con que nombramos el mundo, ¿ocultan el mundo?

Llora despacio. Sus lágrimas son negras, como el aire. El pelo, ensangrentado.

La sala está atestada. Frente a nosotros tose meticulosamente alguien que parece un mendigo, pero que tiene casa. ¿Dónde vive Ud., Eugenio?, le pregunta un hombre amarillo. Y Eugenio responde que en el Paseo de la Verneda, en un piso con hambre. Tiene la mirada arrugada, como la ropa. Distingo unos calzoncillos turbios por la bragueta abierta. [Recuerdo al indigente que merodeaba por el colegio y que se echaba la siesta al sol, arrebujado en trapos; el pene, achocolatado, le asomaba por entre los pliegues de los bombachos, tan adormilado como él]. Las enfermeras lo tratan con una mezcla de resignación y displicencia. [Cortázar describe en Rayuela si no recuerdo mal; o quizá sea Ribeyro en alguna de sus desolaciones cómo unos camilleros recogen en una calle de París a un anciano atropellado; se dirigen a él como pepé, con la familiaridad impostada con que se suele hablar a los viejos y a los niños. No saben que ese anciano es, quizás, la mayor autoridad mundial en la poesía de la dinastía Ming]. Eugenio va descalzo.

El suero gotea. Cada gota arrastra destellos sombríos. La transparencia del líquido exhibe callosidades metálicas. El suero se endurece, y fulgura, pero no pierde su condición glacial. Penetra numéricamente: se abisma en una quietud que alcanza el raquis, los cordones de los zapatos, el recuerdo de tardes en las que nada recordaba a la muerte. Pero es una quietud cronométrica: se mueve sin que la percibamos.

[Oigo cantar a un pájaro. En un cuento posmoderno que solía leerle a Álvaro, Hay un pelo en mi roña, aprendí que los gorjeos de las aves son siempre señales de dominación, preludio del combate o invitación a la cópula. (También Gil de Biedma oye a los pájaros, que anuncian cabrones su despertar al mundo, después de una noche de fornicación; detesto esa inmediatez lingüística, ese inmiscuirse del habla cruda, que es, no obstante, a la que yo aspiro). Ayer por la mañana, al salir a la calle, reparé en la maraña de trinos: flotaban en el estanque del cielo, entre cardúmenes de geranios. Creen los almendros que ya ha llegado el calor, pero el frío que se avecina los matará].

Nadie nos ha comunicado el diagnóstico, pero todos actúan como si lo supiéramos. El diagnóstico es una certeza oblicua, que se infiltra como el suero. Ahora no entiendes nada y piensas: ¿por qué yo? Pero lo más importante es que vas a poder llevar una vida normal. [Pero ¿cómo sabe el médico qué es una vida normal para él? A lo mejor quería ser gastrónomo].

Las lágrimas son, ahora, resinosas, como el orín que se acumula en las cañerías que asoman por las paredes. Llueve la luz como humo de luna: se deshace en cánulas y glucosa; la noche es ese fulgor que se derrama en el cadáver que he de ser. Le acaricio el pelo sin otra esperanza que la caricia. Lloro con él, aunque tenga los ojos secos.

En los pasillos se arraciman los ancianos. Tienen miedo: algunos miran las paredes lisas, blancas con espanto, como si encerraran el secreto que los ha de rescatar de la agonía y ellos no supieran desentrañarlo. Otros chupan tubos con tenacidad mamífera. Otros más hacen de su indefensión el último parapeto frente a la muerte. [Qué placer abandonarse: renunciar al esfuerzo que exige la esperanza]. Oigo gritar a alguien. [Oigo de nuevo al pájaro. Su piar añil desuella los cristales]. Es un grito sofocado por un revuelo de silencios. Crujen los ligamentos, el sol en las ventanas, las sillas de ruedas. Percibo la rigidez de las mascarillas y la oleaginosidad del pus. Las camillas, con sus pacientes, permanecen adosadas a las mamparas, para que nuevas camillas puedan sumarse, como eslabones, a la cadena del dolor. Más tarde, en la sala de observación donde ha de pasar la noche, veré a otra anciana absorta, con los ojos como huevos, que se llama Montse, que no responde cuando la llaman, y que, desanudado el camisón, enseña una vulva apergaminada. [Pienso que esa vulva ha sido turgente y floral, y que la han acariciado hombres devorados por el deseo, y que Montse ha pronunciado, entre hipidos de placer, sus nombres]. Me acerco y la cubro con la sábana, aunque no estoy seguro de no haber vulnerado algún precepto nosocomial. Pero no me importa. Cuando la tapo, no gira la cabeza, sino sólo los globos oculares, y me mira con vacío estupor.

Duerme. Me asomo a su rostro, como sé que él se asomará al mío cuando yo haya muerto. [What man has bent o’er his son’s sleep to brood/ How that face shall watch his when cold it lies, ha escrito Dante Gabriel Rossetti]. Tiene los pómulos abovedados; la nariz es un parteluz; los labios zigzaguean. El cuerpo, sin insulina, no puede absorber la glucosa, ni, por lo tanto, transformarla en nutriente; se devora, pues, a sí mismo, pero nada sacia su apetito: por alimentarse, muere. El sistema inmunológico, exacerbado, no reconoce a las células beta del páncreas, y las destruye. (El azúcar, mientras tanto, se acumula en el torrente sanguíneo, ajeno a su desdén). «El gen o genes predisponentes residen, con toda probabilidad, en el sexto cromosoma, en vista de los lazos tan estrechos entre la diabetes y ciertos antígenos leucocitarios humanos (HLA), codificados por la principal región de histocompatibilidad en este cromosoma. Se reconocen cuatro sitios (loci) designados por las letras A, B, C y D, con alelos en cada sitio, identificados por números. Los principales alelos que confieren un aumento en el riesgo para la IDDM son HLA-DR-3, HLA-Dw3, HLA-DR4, HLA-Dw4, HLA-B8 y HLA-B15». El sol se consume. La sangre acaba. El amor cesa. El tiempo existe, porque muere: porque, partícula a partícula, se extingue eternamente; su consunción es nuestro latir. Duerme mi hijo, y siento las punzadas de su carencia, aplacadas por el beso intravenoso. Duerme, y elude la desesperación, y entierra cuanto no comprende en una marejada de aliento, en una oscilación mansa de párpados y palabras. Duermo yo un sueño levantisco, por el que circulan aves sin alas, órganos sin ser, preguntas que no pueden cicatrizar.

Huele a cosas privadas de forma. Los carteles que cuelgan de las paredes no tienen texto.

Pasa una enfermera. Lleva en las manos una madeja de apósitos ensangrentados.

[Poema XXIX de Bajo la piel, los días. Madrid, Calambur, 2010)


***

Foto de Eduardo Moga, cortesía del autor.Quizá no esté todavía suficientemente reconocida la obra de este licenciado en Derecho y en Filología Hispánica que nació en Barcelona en 1962. Eduardo Moga lleva años realizando una apasionada labor crítica en las más prestigiosas revistas culturales, que ha recopilado en los volúmenes De asuntos literarios (2004) y Lecturas nómadas (2007). Además, su dominio del inglés (este catalán viajero ha vivido en Estados Unidos e Inglaterra) le ha llevado a difundir en castellano a autores tan necesarios como Billy Collins, Charles Bukowski, Frank O’Hara o William Faulkner, entre otros. Ha publicado una recopilación de cáusticos autores de todas las épocas en Los versos satíricos (2001).

Y a sus actividades de crítico y traductor hay que sumar su tarea de editor, atento a las más depuradas voces actuales. Es codirector de la colección de poesía DVD ediciones y responsable de antologías como Poesía pasión. Doce jóvenes poetas españoles (2004).

Todavía le ha quedado tiempo a Moga para desarrollar una muy peculiar obra poética propia, atravesada por las pulsiones más elementales. Ajeno a la facilidad, ha publicado los poemarios Ángel mortal (1994), La luz oída (1996), El barro en la mirada (1998), El corazón, la nada (1999), La montaña hendida (2002), Las horas y los labios (2003), Soliloquio para dos (2006), Unánime fuegoLos haikus del trenCuerpo sin mí (los tres de 2007), Seis sextinas soeces (2008) y Bajo la piel, los días (2010).

Traducido a varios idiomas e incluido en antologías editadas en varios países, premio Adonáis por La luz oída, ha tenido la generosidad de permitirnos publicar de nuevo estas muestras de su obra más reciente que encajan pefectamente en nuestro número dedicado a la enfermedad.

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