Jorge Urrutia: Miguel Hernández en 2010


PALABRAS PREVIAS PARA LA OBRA POÉTICA COMPLETA DE MIGUEL HERNÁNDEZ*
(Alianza Editorial, 2010)



Portada de la Obra poética completa de M. Hernández (Alianza, 2010)El tiempo pasa inexorable y se pone amarillo sobre nuestra fotografía, que habría dicho Miguel Hernández. El tiempo pasa inexorable y no es posible adivinar lo que generaciones más jóvenes entenderán de los hechos acaecidos. Ya, ni siquiera muchos comprenderán la metáfora del tiempo amarillo, porque sólo conocen fotos en color. El crítico hace, por ello, una labor de relleno, colma los huecos de la significación. Echa paletadas de una arena explicativa que busca suprimir los socavones semánticos. Pero la arena nunca alcanza a constituirse en firme sobre el que circular con la seguridad deseable.

Cuando en noviembre de 1976 Leopoldo de Luis y yo publicamos la primera edición de la Obra poética completa, de Miguel Hernández, hacía justo un año que había muerto el dictador y aún no se habían desmontado los resortes coercitivos del antiguo régimen. Del poeta, después de la guerra, se habían publicado en España muy pocas cosas. Durante los dos decenios inmediatos a la guerra civil sólo aparecieron El rayo que no cesa, en 1949, Seis poemas inéditos y nueve más y una Antología poética, en 1951, la Obra escogida editada por Arturo del Hoyo en 1952 y una brevísima colección de prosas recogida por María Gracia Ifach, en 1958. Durante los años sesenta, José Luis Cano y Jacinto Luis Guereña seleccionaron antologías en 1964 y 1967 que, como la primera publicada por Leopoldo de Luis, en 1969, insistían en el tema amoroso. A mediados de los setenta Juan Cano Ballesta ofreció otra antología y Agustín Sánchez Vidal presentó su primera aproximación al mundo hernandiano, con la edición de Perito en lunas y El rayo que no cesa, los dos libros totalmente alejados de los aspectos comprometidos del poeta. Por lo tanto, la publicación por primera vez en España, y con las dificultades de acceso a los materiales que entonces existía, de la Obra poética completa constituía un indudable atrevimiento del que no se sabía cómo se iba a salir, incluso administrativamente, y un acontecimiento cultural. Desde entonces hasta el momento en que firmo estos párrafos, muchísimas son las personas, de toda clase, oficio o condición, que se han dirigido a mí para expresarme la importancia que tuvo para ellas aquel libro y hasta qué punto pudo marcar su adolescencia o juventud, en unos casos, o los recuerdos emocionados que llegó el libro a despertarles, en otros. Las cosas son así, pese a quien pese, y uno no puede dejar de tener conciencia de que ha sido responsable (responsabilidad compartida y no equitativamente, eso sí, con Leopoldo de Luis) de un libro histórico.

No piense el lector que esta historia que acabo de resumir resulta extraña. El general Franco tuvo clara conciencia, poco después de obtener la victoria en la guerra civil, y cuando le solicitaron el indulto de la pena de muerte dictada contra Miguel Hernández, de que se estaba enfrentando con un posible mito. Parece ser que, cuando le explicaron quién era el condenado, exclamó: «Otro caso Lorca, no», temiendo que la nueva muerte represiva de otro poeta redoblase los efectos negativos internacionalmente para su régimen político que ya produjo el asesinato del granadino. De ahí que la censura sólo fuera autorizando con cuentagotas la aparición del nombre de Hernández e insistiera en autorizar únicamente un libro como El rayo que no cesa, que mostraba un poeta de tema amoroso o elegíaco, o bien el barroquismo extremo de Perito en lunas. Nos cabe hoy la duda de si aquellos críticos que publicaron dichos libros en los años de la posguerra no venían, inconscientemente tal vez, o no tan inconscientemente en algún caso, a colaborar en la estrategia de destruir la imagen combativa y, para la resistencia española del interior, modélica del poeta de Orihuela.

Alianza Editorial, que en 1974 recogiese de nuevo la antología de Poemas de amor, que preparara Leopoldo de Luis, y en 1977 se atreviese con otra titulada Poesía y prosa de guerra y otros textos olvidados, acogió la Obra poética completa en 1982, ya con el primer gobierno socialista, cuando la supresión completa de la censura y los apoyos institucionales permitían, al fin, un trabajo más fundado críticamente y un mejor acceso a los originales del poeta. Aquella edición pudo contemplarse ya como una edición prácticamente definitiva de la obra en verso del poeta, y, de hecho, los poemas incorporados con posterioridad fundamentalmente por Sánchez Vidal, Carmen Alemany, José Carlos Rovira y nosotros mismos, sin desmerecer las contribuciones de otros estudiosos, no han aportado en verdad nada fundamental. Reeditada varias veces y agotada desde hace años, era conveniente remozarla en lo poco que resultaba imprescindible si se quería ofrecer el libro de nuevo a los lectores, y, para ello, nada mejor que al cumplirse los cien años del nacimiento del poeta.

Esta edición ya no la verá Leopoldo de Luis, fallecido en noviembre de 2005, después de haber obtenido el Premio Nacional de las Letras Españolas. También ello es un símbolo. Leopoldo había conocido personalmente a Miguel Hernández una tarde lluviosa de mayo de 1936, en Madrid. Se siguieron viendo durante el mes siguiente, y primero las vacaciones e, inmediatamente, el estallido de la guerra los alejaron un tiempo hasta que volvieron a encontrarse en agosto de 1937 en Alicante. El sábado 21 el Ateneo de aquella ciudad organizó un homenaje al poeta en el que intervino Leopoldo Urrutia (el nombre literario de Leopoldo de Luis no aparecería hasta 1942), que estaba en el hospital de Alicante, convaleciente de una herida que recibiera en la defensa de Madrid en diciembre de 1936. Dejémosle la palabra:

Con nosotros se encontraba mi compañero de hospital Gabriel Baldrich, autor de numerosos romances de guerra […]. En la conversación ulterior con Miguel quedó esbozada la idea de un cuaderno conjunto, expositor de poemas de los tres algo fabuloso para nosotros dos, frente al hermano mayor y maestro que Miguel era. Un año después aparecía en las publicaciones del Socorro Rojo, con el título de Versos en la guerra.

El librito, en octavo, apareció efectivamente editado por el Socorro Rojo Internacional, en Alicante, en 1938, y se terminó de imprimir el 1 de diciembre. Curiosamente, si en la cubierta el título es, como recordaba Leopoldo de Luis (que no conservaba ejemplar alguno), Versos en la guerra, el colofón dice Versos de nuestra guerra. En noviembre de 1937 Leopoldo está ya incorporado como teniente en el frente de Extremadura y en el frente sur del Tajo, porque allí firma dos romances incluidos en su primer libro, Romances de un combatiente (del que tampoco conservaba ejemplar), publicado en Gandía, por las Ediciones «Soldado del pueblo», a final de año. No pudo, por tanto, ocuparse del librito con Hernández y Baldrich, ambos también en combate, lo que hizo que su preparación se retrasara. De hecho se recoge en él ya un poema de Leopoldo, «Barcelona bombardeada», firmado en marzo de 1938**.

Contaba Leopoldo de Luis que, en aquel homenaje en el Ateneo alicantino, Miguel Hernández narró una anécdota del frente. Durante una retirada, desde la cuneta, un hombre herido, imposibilitado para andar, se quejaba: «¡Me dejáis solo, compañero!». Y sigue Leopoldo, en la introducción a su libro Aproximaciones a la obra de Miguel Hernández***:

Miguel contó cómo hubo de cargar con aquel cuerpo hasta una zona a resguardo. Pero lo trascendente era la simbolización. No hay quien te deje solo, compañero, replicaba Miguel. Y aquel hombre venía a simbolizar el pueblo español mismo, cercado por la guerra, y hasta el propio existente lanzado al acoso impío de la vida. Frente a el hombre acecha, marchamo para su segundo libro [de guerra], el no hay quien te deje solo de la solidaridad y del esfuerzo común. Toda la poesía de Miguel Hernández se impregna conmovedoramente de ese espíritu. Es una poesía fraterna y está inspirada en el amor.

Hago estas referencias para que el lector actual del libro comprenda lo que necesariamente habría perdido de calor humano, de cercanía, si hubiese yo pretendido cambiar los planteamientos críticos fijados en 1982. Leopoldo de Luis hablaba desde la amistad con el poeta y desde unas experiencias de juventud compartidas. Si me pidió colaboración a la hora de editar la poesía de Hernández fue para que una mirada más joven enfriase de alguna manera la emoción de quien recordaba al amigo, había colaborado modestamente junto a otros compañeros a la hora de cubrir los gastos de la lápida del nicho que albergó el cadáver y conservaba algunos manuscritos suyos. Sé bien que él quiso que la amistad no nublara su sentido crítico, pero, aun así, la proximidad vital se trasluce en muchas de las páginas que firmamos juntos. Ahora no las traiciono. Tan sólo añado alguna observación que hoy parece necesaria y, en ocasiones, ciertas referencias justas de reconocimiento a otros investigadores.

Desde estas páginas iniciales, permítame el lector que rinda homenaje a quien, con tanta entrega, volcó mucho de su tiempo y de su esfuerzo para defender, estudiar y difundir la obra del amigo poeta querido. Él supo también transmitirme el gusto y la pasión por la poesía, el sentimiento de generosidad y la importancia de los valores democráticos.

Espero que la lectura de la Obra poética completa, de Miguel Hernández, despierte en más de un lector joven, si no la vocación de poeta, sí al menos el convencimiento de que ni el testimonio, ni la expresión del dolor o la solidaridad, ni la exteriorización del sentimiento resultan inapropiados para el poema. Pasamos por una época en la que parece que la poesía no puede ser sino exquisitez elitista que busque la suprema esencialidad, o descripción de la vida cotidiana íntima. Sin negar ninguno de los caminos posibles de la poesía, también puede ser, y lo ha sido a lo largo de toda la historia de la humanidad, compañera de vida. Por eso podía repetir Miguel Hernández a aquellos jóvenes que lo rodearon en Alicante en el verano de 1937 que el poeta es el soldado más herido.

JORGE URRUTIA

_________________

*Texto incluido en Miguel Hernández (2010), Obra poética completa, ed. Jorge Urrutia. Madrid: Alianza editorial, págs. 27-32. Lo reproducimos en nuestra Sombra 13 gracias a la amabilidad de Dª. Valeria Ciompi, Directora de Alianza Editorial, y del Dr. Jorge Urrutia. Este libro constituye todo un monumento de nuestra época, tanto en su primera edición cuyo contexto se indica aquí, como en esta del centenario del nacimiento del poeta. Una lectura imprescindible en la que Urrutia nos introduce con esta magnífica pieza literaria que recuerda, en un mundo de fotos que no amarillean, los valores de la poesía.

**De Miguel Hernández se recogen los poemas «Las manos», «Aceituneros» y «Llamo a la juventud». De Baldrich: «Romance del molino que no muele», «Romance de la tragedia feliz», «Romance negro a la luna blanca», «Romance de la Unidad proletaria» y «¡Qué suerte ser miliciano!». De Leopoldo Urruria: «Barcelona bombardeada», «Fragmentos de la carta de una madre a su hijo combatiente», «A un voluntario», «¡Durruti!» y «Romances en la muerte de Federico García Lorca». El librito lleva ilustraciones de González Santana, Manuel Albert, Abad Miró, Melchor Aracil y Tomás Ferrándiz.
***Leopoldo de Luis: Aproximaciones a la obra de Miguel Hernández, Madrid: Ediciones Libertarias, 1994, p. 15.


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