Nadia Cortina

¿Quieres jugar conmigo?

 

   Tic-tac tic-tac tic-tac tic-tac.

¡Dong!

Medianoche.

¡Tric-trac-trac-trac-track!

    Suenan mis parpados al abrirse. Nada. Una tela violeta cubre mis ojos. Mi brazo chirría cuando le extiendo y aparto la tela con movimientos torpes.

    ¡Tiri-ri ri-ri ri-ri rin!

Al girar el cuello emito una musiquilla aguda. Miro a mi alrededor. Gran cantidad de vestidos, camisetas y pantalones me reciben. Al estirar las piernas descubro que estoy en un lugar cerrado y pequeño. Vuelvo a torcer el cuello mientras retorna la música. Al poner los brazos en cruz suena un fuerte chasquido. Hace demasiados años que no me muevo. Topo con una madera sólida  con una de mis manos y con una puerta cerrada con la otra. Estoy en el armario. Al abrir la puerta me siento en el borde y observo los engranajes de metal y madera que forman mis piernas. Bajo de un salto torpe,  entre crujidos. Estoy en la habitación, su habitación pero, ¿dónde está ella?

    Doy un par de pasos patosos y caigo al suelo. La habitación ha cambiado mucho desde la última vez que la vi. Todos los juguetes han desaparecido. El resto de muñecas han sido desterradas. Parece que yo soy la única a la que ha querido conservar, de percha en el armario. Allí donde antes estaba la mesa donde nos sentábamos a “tomar té” hay ahora un gran espejo de cuerpo entero. Observo mi imagen reflejada. La suave cabellera rubia que un día tuve es ahora un revoltijo de jirones de pelo enredado. La madera caoba y los engranajes metálicos están cubiertos por una pesada capa de polvo. En mi rostro, una eterna sonrisa exagerada y unos redondos ojos azules. Restos de pintura manchan mis mejillas, del día en que decidió maquillarme. Aprieto los puños. Durante toda su infancia estuve con ella, hizo conmigo lo que quiso y ahora me tiene relegada al armario. He vivido en la oscuridad mucho tiempo pero hoy eso se acabó. Ya me he cansado de ser su muñeca, esta noche seré yo la que juegue con ella.

    Tac-tac-tac-tac.

    Por primera vez percibo la lluvia en los cristales. Sonreiría si mi rostro no fuese una grotesca máscara de felicidad. Salgo por la puerta con pasos difíciles. El comedor me recibe en penumbra. Las luces están apagadas y la única luz la emite el televisor. Distingo su cabeza en el sofá. Está hablando por teléfono. 

    –Sí. No, estoy sola en casa se le corta la voz mientras habla–. No, todo el edificio está celebrando Halloween fuera de casa. Ya, si seguro que no ha sido nada, pero me he asustado un poco escucha un momento–. Estoy viendo la tele. Sí, una de miedo vuele a callar–. Sí, supongo que es por eso… pero es que juraría haber escuchado música en la habitación… Sí, deben ser neuras mías. 

    Mientras ella habla reconozco el comedor. Detrás tengo una mesa llega de revistas y objetos varios. Sobre un ejemplar de una revista adolescente hay una barra de pintalabios. La cojo con manos torpes y la abro. Tengo que ponerme de puntillas para llegar hasta la pared, pero una vez estoy a la altura necesaria comienzo a escribir. “¿Quieres jugar conmigo?” Las letras son irregulares y extrañas. Ladeo la cabeza, provocando un par de notas. Ella se revuelve en el sofá.

    –Acabo de escuchar música detrás de mí. Sí, pero el móvil está sin batería. Además juraría que es música clásica vuelve a escuchar. 

    A unos pasos de mí hay un extraño cable conectado al corriente eléctrico. Me muevo con cierta dificultad y llego hasta él. De un tirón fuerte arranco el cable de cuajo. A mi espalda ella sigue hablando por teléfono. 

    –Pueden ser tonterías mías, pero no creo que me haya inventado todos los ruidos que estoy escuchando.

    Se calla de nuevo. Puedo ver la cara de confusión que pone al no escuchar respuesta. 

    Piiii-piii piii-piii

    Incluso yo llego a escuchar la línea cortada. Reflejado en el cristal de la terraza puedo ver cómo en su rostro se dibuja una cierta expresión de terror. Rodeo el sofá y me pongo a su altura. Lanzo el pintalabios contra la mesilla de detrás y ella se gira lentamente para ver que ha sido el ruido.

    Como hecho aposta, en la película se enfoca una escena del cielo despejado, dándole claridad a la habitación. De esta manera, ella ve claramente las letras escritas en rojo. Su cara pasa de la sorpresa al desconcierto, y del desconcierto al miedo. Como a cámara lenta, se le resbala el teléfono de las manos. 

    –¿Lily? susurra mi nombre. Ojalá pudiese contestarla. 

    Una oleada de rabia me invade. Por todos esos años siendo su esclava. Por todos los años encerrada en el armario. Por el desprecio y el olvido que demostró al abandonarme como si estuviese rota y no sirviese para nada… 

    Ladeo la cabeza lentamente, haciendo que la música suene en todo su esplendor y que se reconozca perfectamente la canción. 

    –Lily, ¿eres tú? me busca con la mirada, hasta que un nuevo rayo de luz proveniente del televisor me ilumina. 

    Sus ojos se abren mucho y la mandíbula comienza a temblarle. Alza una mano en mi dirección, como si quisiese acariciarme. Aprieto fuertemente los puños, provocando un estallido de crujidos. Ella tiembla casi imperceptiblemente y retrocede un paso. La imito, acercándome a ella. 

    Su respiración es cada vez más rápida y no deja de mirar a la puerta del comedor. Giro el cuello en esa dirección y se estremece al escuchar la música de Beethoven. Entonces, como si alguien hubiese accionado un resorte, comienza a correr hacia la salida. 

    Salgo detrás de ella de inmediato, mientras los engranajes de mi cuerpo comienzan a quejarse. Ella corre más rápido que yo, pero no puede llegar muy lejos. Una vez frente a la puerta de la calle ya no tiene escapatoria. Tira frenéticamente del pomo, intentando abrirla por todos los medios.

    Pum-pum-pum.

    Sus puñetazos son inútiles, ella misma ha dicho que no hay nadie más en el piso. Cae de rodillas en el suelo, temblando de pánico. Se gira hacia mí y veo unas lágrimas de miedo surcando sus mejillas. 

    Lentamente me acerco a ella y comienzo a acariciarle el rostro. Me mira confundida, mientras voy introduciendo mis dedos en su pelo. Entonces aferro con fuerza su cabello y golpeo su cabeza contra la puerta… 

    Media hora más tarde va despertando. Mira a su alrededor, desorientada. Cuando intenta moverse descubre que está atada a la silla e intenta gritar. La mordaza impide que su grito se eleve demasiado, pero yo llego a oírlo, con placer. 

    Entonces comienza a luchar contra las cuerdas que la aprisionan. Dejo que lo haga hasta que se canse. Una vez se ha rendido y su cabeza cae a un lado, cojo el peine de juguete que he encontrado debajo de la cama y comienzo a peinarla. 

    Su pelo se retuerce entre los dientes del cepillo, quedando enredado. Y cuando tiro con fuerza de él, un mechón de pelo le acompaña. Un grito ahogado se escapa de sus labios y cuando la miro veo lágrimas de dolor en sus ojos. 

    Sigo peinándola, mientras disfruto del momento. Cuando he acabado, saco el viejo estuche de pinturas, rotas y gastadas. Empezaré maquillándole los ojos, aunque a la brocha apenas le quede esponjilla. Ella me mira aterrorizada, puede que después tomemos el té. 

    Hoy me toca jugar a mí…

 

Hija del equilibrio

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