Juan Manuel Pérez


SENTIDO CONTRA RELATIVIDAD

La verdad es una piedra en forma de pensamiento que está suspendida en el aire. Quienes la ven se preguntan, ¿cómo se mantiene sobre las cosas, cómo no cae absorbida por la gravedad, el crimen, el pecado y el error? Unos la llaman locura, otros milagro, otros argucia. Para muchos es la bestia del escándalo. La acusan, la culpan de todos los males y la condenan. Pero la piedra sigue firme en su trono de inmovilidad. Ve envejecer y renacer el mundo, ve cambiar la moda de las estaciones, ve caducar a los árboles, ve sonreír a los niños. A los que alabaron su simple desnudo sin volutas, festones ni ambages les pareció la puerta de una estrella. Cuantos la contemplan, temen o aman su serena ley. Ninguna ave argumental ha superado su clave de bóveda. Y algunos, no obstante, para negarla, vuelven los ojos hacia la oscuridad del suelo. Las ramas de los árboles y las ramas del alma crecen hacia ella persiguiendo la trascendencia de su remota y misteriosa suspensión que abraza en su sustancia el universo. La verdad es un nombre. Ese nombre es Sentimiento. La ciencia del ver, con la lente pericial y voluble de la experiencia, se sostiene en ella y la describe en infinitos ángulos que se vuelven frutos o imágenes, conceptos o interpretaciones, pero nunca alcanza la definición. A través de su invisibilidad radiante percibimos el don de lo visible.


PAISAJE DE AMOR

En la selva profunda un corazón late. Desnudo de mí mismo, lejos de Alhambra y de su expansión idílica en chorros argumentales, entro en el fantasma dorado de la hojarasca. Sigiloso camina Cronos a mi lado, tocando con la cabeza mi arco. Mi piel se vuelve silencio. Mis pasos son ninfas del bosque, las sensitivas cuerdas de la lira del pensamiento. La impenetrable fortaleza de los troncos, con sus castillos de distante magnificencia, no me sorprenden en su extravagante verdor libre. Escucho el galope del caballo del viento. Está clavado el paisaje en la brújula de mi memoria. He recorrido los páramos disfrazados de ausencia persiguiendo ese latido constante como el fluir de una fuente viva. Me tropiezo con jabalíes, osos, conejos, venados, lobos, ventanas todos ellos de mi sentido, y evado como puedo sus silbos veloces. Sobrepaso la huella de las formas. Tengo sed y percibo una cascada de íntima inteligencia, pero el agua está escondida en la lejanía. ¿De quién huyo? ¿A quién persigo? ¿De qué está hecha la carne de mi deseo? Las preguntas alzan el vuelo como bandadas de aves sin respuesta. Sombras que bailan en el tumulto de la luz. Cada vez más cerca, siento el corazón latir como el de un longevo rey sobre su trono de melancolía. Me aproximo y me alejo al mismo tiempo de un centro cuyo eco es mi oído. Me detengo. Ahora estoy frente al corazón de la selva, que es la selva misma, y yo en ella.


CARA A CARA

Tu cara es la montaña de transparencia verbal que se alza en mi lengua. A lo largo del estudio de los días, voy adivinando un rasgo más de tus facciones, una línea nueva en la indefinida planicie de la extensión, que es ignorancia. Quiero mirarte cara a cara, en el intervalo definitivo en el que tu mirada y la mía se encuentren. Esa será la pradera luminosa de la comprensión. Crecen las espigas angélicas de mis cabellos, que son mis pensamientos, entre tus dedos sensoriales. Las trompetas de los elementos me impacientan, tu semilla-cúpula está enterrada en la música ideal de la ausencia. Mis huesos anhelan volar hasta el trono de tu alegría. Enemiga es la máscara de la diferencia del lecho mental de nuestra unión. En la mecánica sucesiva del sol y la luna, mas allá de las repeticiones de la máquina del tiempo, que es un perro a mis pies, busco la elegancia de tu voz. Cuento hilo a hilo los números del agua que imitan eco a eco en la floración del universo lo que tu boca dijo en la intimidad. Que esa figura de pan verdadero que salió de ti sea por siempre mi alimento, mi gloria y mi canción. Durante toda mi vida he respirado tu silencio. Ábreme la puerta a la resurrección de tu sonrisa. Para que cara a cara vea el oro pensado de tu luz, ábreme, pájaro divino y paterno, la puerta más allá de mi sueño.


TEMPLO LLENO DEL MUNDO

De mi vida, que es la convergencia en mí de la de todos los hombres, yo tengo las llaves con las que abrir la puerta de la libertad. Dependiendo del giro de la mano de mi alma, se hará lo que se tenga que hacer. Pero quiero dejar el invisible final de mis días que son los del mundo, con los que comparto existencia en los brazos del Rey de la Mente. El final, por esencia feliz, será el dorado fruto que quede de la devastación de la flor plateada del mundo, cuyos pétalos son la apariencia que se desvanece al contacto de esa culminación. Ningún estallido, ningún triunfo, es algo más que una sucesión superpuesta, una conjunción, una cópula, una participación y un abrazo. Al fondo de la perpleja distancia está el santuario verbal de la alegría. Su única búsqueda constituye el edificio entero de la persona, desde la cúpula inteligente hasta el suelo perverso. La figura de esa masa de barro cantado podrá ser, aplicando el crisol y el marco de ese final, un pájaro de perpetuo fuego. El edificio del ser, del vivir y del sentir está hecho de todas las cosas, asumiendo en su centro la bebida embriagadora del amor. El resto, la pista de la nada en la que bailan en mitos y preceptos los átomos. El resto, la corrupción, la no existencia, la dispersión y la muerte. Confío plenamente en el paciente despertar del amanecer, en el justo final congregado en el vientre ideal de la estrella del origen, que convierte al antiguo pensamiento en recién nacido cuerpo.


INTELIGENCIA BELLA

Voy a contar lo que nunca he visto, pero siempre sentí. Se trata de un paisaje que se encuentra en el reverso del mundo. Todo cuanto veo, lo veo a través de este paisaje. Era una viña púrpura en un verde valle dividido en dos por el río de la imaginación. La estación era el verano, el mes era el de las uvas. Caía el sol sobre las hojas. Cinco vendimiadores atareados recogían los blandos racimos de las parras. En el cielo había algunas golondrinas. Un sueño azul ocupaba el firmamento. Un anciano en una silla leía. Se iban llenando con su mecánica habitual los cuévanos; se iban cargando los cuévanos en carretas; se iban desplazando las carretas hasta los lagares; y en los lagares, los mozos, riendo, alados en su juventud, pisaban las uvas. Por el suelo los pies aplastaban el bagazo desperdigado que se había separado de los racimos. Los cinco vendimiadores eran hermanos. El anciano que leía era su padre. Pero ellos, mientras trabajaban parecían abandonar a su progenitor inmóvil y distraerse en la conversación. Si alguno se indignaba contra otro, el resto de la cuadrilla le recordaba su origen, señalando al padre que parecía no ver nada. Los mozos del lugar eran jornaleros a sueldo, pero los vendimiadores eran los hijos del patrón, y solo de lejos unos a los otros se saludaban. En el mundo visible reconocí a los vendimiadores en los sentidos, a los jornaleros en los ángeles o en los pensamientos, al padre en Dios o el amor que leía a través del Verbo y en los racimos a nuestras obras que, desmenuzadas, rezumarán, por último, el licor de la alegría.

[De El Grado de la Aurora]

Juan Manuel Pérez

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Juan Manuel Pérez Álvarez (Ourense,1985) ha publicado los poemarios Azul y Oro/Diario Suspensivo, Vidrieras y Versiones de una Vasija.

Ha colaborado en diversas publicaciones en Internet como Letralia, Adamar, Literarte, Periódico Digital El Librepensador… Pertenece, desde el año 2010, a la Asociación Cultural Círculo Poético Ourensano.

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