Jorge Sors


EL TRAJE

Contentivo de múltiples e innumerables piezas está constituido nuestro traje, engrosados y lubricados componentes internos sustentan la producción autómata de combustible y procesamiento de insumos para tal fin. Resuenan entre espasmos, contracciones y descargas trasladando y activando muchas otras partes con esencias, formulados y gases. Impulsan complejos engranajes, atados con enormes bandas elásticas, tornillos, poleas, correas, pistones, bombines y macizas piezas aunque no tan nobles como el acero.

La batería que da locomoción a todo este aparataje reside en un punto aun no establecido, parece que ha sido guardado celosamente por el fabricante, y aunque no lleva fecha exacta de caducidad, ni puede estimarse su durabilidad, que en muchos casos parece depender de factores exógenos y del cuidado que el tripulante pueda darle a su debido tiempo, llega el momento en que se acaba y el traje queda inoperante, y nada puede recargar esta misteriosa fuente de poder, sus componentes parecen disiparse y no pueden extraerse ni determinarse.

A lo largo de su estructura nuestro traje articula un sinfín de movimientos, acata órdenes y pide descanso cuando ha operado por mucho tiempo continuo. Diariamente lo mantenemos o al menos eso es lo que manda el fabricante, para garantizar su buen desempeño y la coordinación óptima de todas sus funciones. A veces por querer ahorrar unos centavos le dispensamos fluidos y combustibles sólidos inadecuados o de bajo rendimiento, aun sabiendo que no funcionará igual pero es más barato. Y otras veces abusamos de su resistencia, y creemos que puede superar sus estándares, pero entonces se avería una parte o se disloca una pieza, causando un desastre en el proceso cotidiano.

Casi siempre empezamos a operarlo sin leer instrucciones, nos ponemos al frente de tal cantidad de botones, palancas y mandos, atinando al arte de ensayo y error, sin contemplar el hecho de que hay funciones que pueden sufrir una falla irreversible, o que luego se convertirá en una costosa pieza a remplazar o reparar, y pueden pasar años hasta conseguir el último tornillo o una arandela por muy simple y tonta que parezca. Y hay daños que hasta el mecánico más especializado y con mayor experiencia no puede reversar. Volviendo a sus facultades técnicas, las palancas de colores suelen ser las que dan movilidad y agarre al traje, y como ya sabemos estos se disponen dentro de la escafandra que contiene la cabina de mando en la parte superior del mismo. Desde allí, cada toque activa una orden que éste casi siempre obedece sin crujir o resonar. Hay actividades que liberan nocivas toxinas que envenenan a la larga todo el sistema y deberíamos aplicar correctivos a éstas con regularidad. Secretando fluidos nada agradables podemos mantener destapado el sistema de drenaje y activas otras modalidades.

Desde esa base de control ubicada en la parte más alta somos poseedores de todas sus virtudes, y queda a criterio el cómo utilizarlas. En ocasiones dispensamos de desarmar o arruinar otros trajes para reparar el nuestro, tomando si es el caso solo lo justo para no incapacitar permanentemente a otros, salvo que éstos ya no funcionen. Pero esto no garantiza la compatibilidad de las partes ni que los números de series concuerden, nos exponemos a dañar nuestro medio de transporte parcial o totalmente con estos cambios, y casi siempre han sido ocasionados los fallos por nuestro proceder.

En las noches a veces sin saberlo lo abandonamos, transportándonos inertes a lejanas distancias, y dimensiones paralelas, universos sagrados y paraísos celestes, pero queriéndolo o no siempre volvemos a él, para despertar a otro día de larga jornada sea cual sea nuestra actividad, necesitamos volver a éste para realizarla. Solo cuando el fabricante ha decidido en su solemne misterio que ya ha llegado el momento de arrojar el traje y dejarlo sin baterías, es cuando nos desprendemos etéreos de éste, haciéndonos libres y sin cargas que demoren nuestros movimientos, volvemos a la fábrica y encargamos otro pedido, sin saber para cuándo estará listo, o si se nos tomará la orden, siempre hay muchos en fila, no importa la paga, ni de cuánto se disponga para éste, la espera sigue siendo el factor incorregible.

Suele ocurrir que si se nos da la gracia del fabricante de otorgarnos un nuevo traje de piel, carne y huesos, al volver se nos ha cambiado el chip de memoria y no recordamos nuestros pasados momentos. De esto no queda constancia salvo el deseo de que así sea y un retorno al humano mundo que pocos apreciamos pero es el que tenemos.


Jorge Sors (1980), venezolano de nacimiento y checo nacionalizado, administrador y constructor de profesión, escritor, bohemio, artista plástico y poeta de vocación, presenta su obra como “notas desde el alma, desahogo de una sociedad decadente llena de escollos y ciega ante el mundo que les rodea, a veces reflexivo, en otras ocasiones jocoso y hasta hiriente.

Depositario constante de sus narrativas y prosas en su blog para ser digerido por quienes deseen recibir una bocanada de aire fresco, una palmada en el hombro y si estás somnoliento una bofetada directa que te traiga de vuelta a la realidad. Se funde en temas cotidianos, religiosos y hasta surrealistas”.

Actualmente pinta y escribe sus primeras novelas en las que desentraña su faceta más obscura. Ha recibido el apoyo de algunos escritores como Enrique Gracia Trinidad, Fernando Sabido Sánchez, André Cruchaga, Gonzalo Melgar entre otros, a quienes agradece profundamente por ser un aliento en este ahogo de palabras que se revuelcan en su mente. Según Sors, “La mente tiene el poder de sanarlo todo y también el de destruir hasta la última molécula de nuestro ser”.

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