Eduardo Moga

POESÍA PARA…
(Letanía a modo de poética)

Poesía para desnudar la palabra.
Poesía para que se encienda la piel.
Poesía para conjurar el miedo.
Poesía para interpretar el caos.
Poesía para razonar los sueños.
Poesía para hacer exacta la alucinación.
Poesía para ver lo invisible.
Poesía inútil.
Poesía para la belleza.
Poesía contra la estupidez.
Poesía frente a la intemperie.
Poesía para llegar al día siguiente.
Poesía para tener tema de conversación.
Poesía para respirar.
Poesía para sustituir al grito.
Poesía para follarnos al lector.
Poesía para que el poema nos folle.
Poesía porque es lo único que sé hacer.
Poesía para que la oscuridad sea luz y la luz, oscuridad.
Poesía para vivir más.
Poesía para decir “te quiero“.
Poesía para eyacular.
Poesía sin poéticas.
Poesía para la revolución.
Poesía para la nada.
Poesía para todas las palabras.
Poesía en silencio.
Poesía para que no nos engañen.
Poesía porque no se vende.
Poesía para el poema.
Poesía para ser libre.
Poesía para los amigos (y los enemigos).
Poesía de lo inverosímil y de lo cotidiano.
Poesía para crear otra realidad.
Poesía porque de algo hay que morir.
Poesía para no pensar en la muerte.
Poesía porque es divertido.
Poesía para llevar la contraria.
Poesía para tener razón.
Poesía porque no me da la gana escribir prosa.
Poesía porque no sé escribir prosa.
Poesía para rezar.
Poesía para que nos quieran más.
Poesía para preservar el espíritu.
Poesía por facilidad de palabra.
Poesía porque suena bien.
Poesía para que la palabra diga lo que dice.
Poesía para que la palabra diga lo que no dice.
Poesía para comprenderme.
Poesía para convivir con la contradicción.
Poesía para vencer al pudor.
Poesía para olvidar el tiempo.
Poesía para sentirnos diferentes.
Poesía para que nos pregunten: “¿Qué ha querido Ud. decir con…?
Poesía porque no rima.
Poesía para recordar.
Poesía por imitación.
Poesía para tener algo que hacer los fines de semana.
Poesía como prótesis.
Poesía como consuelo.
Poesía para entretenar la espera.
Poesía para seguir escribiendo “poesía para…”
Poesía por vanidad.
Poesía poro.
Poesía para que se nos ocurran versos al acostarnos
(y no los recordemos al despertarnos).
Poesía para que nos deseen las mujeres (o los hombres).
Poesía para que nuestro padre nos apruebe.
Poesía para que nuestro padre nos repruebe.
Poesía para cagarnos en alguien.
Poesía, siempre, para la emoción.
Poesía porque poesía.

***

[HA VENIDO LA MUERTE…]

Ha venido la muerte: era una furgoneta o un gorrión. Un sudor blanco ha encendido la piel donde se resquebrajaban las horas, la barba constelada de silencio, los cuchillos con que inscribía mi desaparición en la corteza del sueño.

Le he chupado la lengua a la muerte: es áspera y morada. Mis papilas han tejido con sus papilas un cañamazo de sombras. He dejado en la mesa el lápiz, el cuerpo, lo que tuviese en los ojos, para abrazar con más fuerza su helado fulgor. Y he sentido miedo.

La muerte comparece siempre que paseo, que mastico, que copulo, que llamo por teléfono, que muero. La muerte tiene treinta y ocho años y las manos con que hago la cama, con que me lavo los dientes, con que doy cuerda al reloj, con que ordeno mis libros, con que escribo, en este instante, las palabras del poema. La muerte me respira cuando hurgo en las ingles tibias y anochecidas. La muerte habla el idioma de las células y los planetas. La muerte vacía los espejos e interrumpe los huesos. La muerte, como una flecha disparada contra un agua infinita, atraviesa el bosque de las cosas y se clava en la irrealidad de las cosas. La muerte bautiza a los hijos y devora sus nombres. La muerte se llama Eduardo.

Me acuesto. Oigo el oxígeno, que resuena como una chapa golpeada por las sombras. La respiración habla, como la piel, y ocupa el espacio en que me desvanezco. El corazón habla, también, y respira, flor encarcelada, con apenas esa pausa de silencio que sutura el redoble interminable, la sepultura interminable. Lo sé ahí, en la cripta de la carne, bajo la techumbre ósea, alimentando este extravío, el letargo que nos mueve, el gélido adentrarse en la noche del tiempo; me insta a seguir, pero me recuerda que me disipo. Y me asombra que exista, su luz inaccesible y mansa, su oscuridad febril, el ritmo que es sólo e insólitamente ritmo; y me asombra existir: este mecanismo triste, pero entregado, sin porqué, al mundo.

Nacen, de pronto, los muertos: en la mesa del restaurante, en el escarabajo que se esconde entre las raíces de un árbol, en el perro que defeca junto a una tapia casi vencida, en el cielo. Y me miran, como si quisieran conducirme al fuego exhausto en el que reposan. Me mira el padre, cubierto por la hiedra de la fragilidad, cuyos ojos son pelotas de dolor que arriban, descabaladas, a mis manos. Me miran quienes confiaron en mí y fueron traicionados, quienes me vieron plantar la semilla de la ira y me entregaron después el fruto de la ira, quienes consumieron su amor en mis hogueras. Me miran hombres y mujeres convertidos en pájaros negros que atraviesan un aire negro. Me miro yo, desde el barro de mí, arrasado de perecimiento, carne en lo que carece de carne, corazón azotado por la conciencia, consumido, por el miedo, hasta la desencarnadura. Mis ojos serán también un destello lúgubre cuando otros caminen por estas calles que me impregnan de polvo y obscenidad, o cuando se pregunten por qué arde el sol o por qué nos baña el tiempo o por qué olvidamos a quienes hemos amado. Mis ojos, talados, mirarán a los vivos y harán más exactos su náusea y su latido.

La muerte es el pájaro que se posa en la rama, la mano del niño sin el niño, las pupilas abrasadas por la nieve, el exilio del oro, el oro languideciendo en un turbión de labios y explanadas, lo incomprensible.

La muerte es una rosa triste en el centro de la sangre.

[Poema XX de Las horas y los labios – Barcelona, DVD ediciones, 2003]

***

[DIME, ALMA…]

Dime, alma, qué cincel has empleado
para que sea yo tu forma,
qué sombra subyace en mi sombra,
o qué memoria soy, qué invertebrada
conciencia.
conciencia. ¿Has moldeado el aire?
¿Asientes a mis volúmenes, a mis ojos?
Acaso sea hijo de tu luz,
y acaso ese resplandor aterido
me rescate de lo inconcebible
y me alimente de lo mortal:
tu fiebre me unce al ser.
¿Qué extraña potencia, alma,
constituyen mis manos?
¿Son las tuyas?
¿Tienes tú manos?
¿Tienes tú manos? ¿Ven?
Dime, oh, alma, si es tuyo este silencio
o si son los engranajes de mi cuerpo;
dime si dictas tú mi sangre
o es mi sangre la que te articula;
dime si eres mortal
o sólo sucumbes al azar.
¿Existes, alma?
¿Existes, alma? ¿Existo yo,
o soy un arañazo de la nada?
Te hablo, y no sé a quién.
¿Por qué es tu transparencia
mi opacidad?
mi opacidad? ¿Por qué desconozco tu idioma,
si en mí converge cuanto hay,
y me iluminan soles dispares,
y recae en mi piel el peso de lo que se aleja?
¿Por qué no te veo, alma,
si advierto las hondonadas celestes,
los remolinos de la fragilidad?
Me oigo anochecer, y morir,
y construirme;
te niego, alma: niego tu azul
y tus guadañas;
y tus guadañas; niego tus células,
en las que cunde lo incomprensible.
Y oigo tu levedad,
que me atenaza; y aquilato
tu soplo homicida,
el fluir de tu ausencia
por mis capilares
y mi ropa.
y mi ropa. ¿Eres, alma?
¿Determinas mi latitud y mi penumbra?
¿Coses mis latidos?
¿Me acunas?
¿Me acunas? ¿Por qué no recalas
en mis signos, y fotografías mis miedos,
y me ratificas en tu hoguera sin causa,
ajena al tacto, despojada de tildes,
pero que siento en el fondo de mi nombre,
derramada,
derramándose?
derramándose? ¿Por qué no lloras?
¿Qué mar es el tuyo, alma?
¿Te poseo
¿Te poseo o soy yo tu objeto?
¿Qué abstracciones, pájaros,
estragos
son tu carne,
o la mía? […]

[Soliloquio para dos (fragmento: vs. 1-67) – Valladolid, edición de José Noriega, 2006, 1ª ed.; Santa Coloma de Gramenet (Barcelona), La Garúa, 2006, 2ª edición]

***

[EL AIRE…]

El aire
El aire persigue
a la luz, pero choca
con un azul
con un azul áspero, y queda
tendido entre sombras mansas,
con los ojos huyendo, roto
como agua rota;
como agua rota; el aire
oculta lo que veo, y la piel de las cosas
deserta de las cosas,
y la lluvia que empieza a caer se convierte
en lluvia detenida,
en lluvia detenida, o en sequedad;
el aire se extravía entre edificios
reblandecidos y deriva
en una pasta indócil,
que me recubre
como un sudario.
La sangre ocurre, merodea,
llora; y, a veces,
llora; y, a veces, accede a iluminar
el cuerpo en que me extingo. Tiemblo,
y mi temblor me crea; tiemblo,
porque me sé perdido en una niebla
plena de aristas; tiemblo,
porque mi nombre
carece
de huesos,
y las palabras
y las palabras con que simulo
sobrevivir al lúgubre resplandor de los días
no son palabras,
sino muñones
sino muñones de mí;
tiemblo, en fin, refugiado
en la materia y en la duda,
sangrando sin heridas, sumido en una piel
que se despliega como un árbol
y me acoraza blandamente.
Lo irreal prevalece, pero soy
Lo irreal prevalece, pero soy yo. Detrás sólo
hay dolor: la conciencia con sus límites
y sus aftas; la carne macerada
por la certeza
por la certeza de que la vida es sólo
otra forma de no ser, de alejarse.
Y escapo. Huyo siendo piedra,
tosiendo
tosiendo como la piedra,
carnal como la piedra, y salvo la distancia
que me separa
de mí. Y esa distancia
también es piedra,
respiración de piedra, piedra
que quiere transformarse en agua:
yo soy la piedra, y la libélula
que desova en sus anfractuosidades,
y el verdín
que la cubre, y que emite, bajo un sol
de esparto,
destellos minuciosos. Escapo, perseguido
por los símbolos; corro, quieto,
deudor de una ceguera turbulenta, y construyo,
y desmenuzo, y nazco:
me avengo a respirar, pero, aturdido
por lo que no comprendo,
reclamo
el indulto del sueño o el jarabe
el indulto del sueño o el jarabe abrasador
de la muerte. Y ahí, bajo su luz abrupta,
en su heredad sin tierra, espero
a que el ser y la noche
se reconcilien,
a que el yo se reúna
con su penumbra, y enarbole
su tenuidad como un río,
o como un fusil de estambres.

[Poema XVIII de Cuerpo sin mí – Madrid, Bartleby, 2007]

***

[EL CLIMA SUBTROPICAL…]

El clima subtropical hace que la vegetación sea exuberante, aunque sorprende que en este clima lujurioso nieve cada invierno. [Recuerdo despertarme frente a un lienzo blanco, y salir a la arboleda solo, con un abrigo de pana cuyos botones eran cuernecillos de plástico que se trababan en una tira ovalada, y vagar por la nieve, sacudiendo los troncos de los árboles y sus ramas más bajas para que pareciera que nevaba, y llenando los pulmones de un aire astillado, que me acuchillaba por dentro. Era domingo]. Admiro los abetos, los arces, los olmos y muchos otros cuyo nombre ignoro, pero que tienden su dosel de clorofila sobre nuestras cabezas y conforman un techo rotatorio, de cascabeleo lobulado, que desprende zumba y azul. «El problema no es que la vegetación no crezca, sino que crece demasiado», me explica D. «Una casa vacía será devorada por la maleza antes de un año». Un cornejo florido, de vez en cuando, abre una puerta en el muro verde. En el tropel de hojas, las flores brotan como jeroglifos voluptuosos. [Tenemos un cuadro en el dormitorio que representa a un magnolio. Pero es un fragmento de un cuadro mayor. Para celebrar alguna olvidable efeméride, un antiguo jefe de Á. encargó un gran óleo que pudiera dividirse en tantas partes como empleados tenía, y le regaló una a cada uno. Nuestro trozo contiene un impacto blanco: una flor, pero nadie diría que es un árbol. Obra, pues, el prodigio de ser figurativo y abstracto a la vez, y es su mutilación lo que lo transforma de lo primero en lo segundo. A veces he pensado que el cuadro podría ser el hilo conductor de una intriga detectivesca (que nunca escribiré, como tantas otras historias que se me ocurren): algo que hubiera que reconstruir para hallar la clave de un asesinato]. Los melocotoneros, por su parte [éste es el Peach State], desprenden un olor algodonoso, y acogen a las abejas con un estertor de abrazo.

El césped de los jardines está inmaculado. Cortarlo es un deporte nacional. La bandera que ondea a la puerta de muchas casas le confiere, incluso, una dignidad institucional. [En algunos se ha clavado también un cartel con los diez mandamientos; en otros hay gnomos de escayola]. Pero complace su visión cuadrangular, en la que irrumpen las ardillas y las libélulas, y que proyecta sombras anaranjadas, cuyos bordes picotean los herreruelos.

La cerveza es adecuadamente amarga, y nos acodamos en la barra como parroquianos acostumbrados a ahogar sus penas en alcohol. D. ha perdido el brillo de la juventud en la mirada. Conserva su festejada capacidad para el understatement, pero sus pupilas proclaman que la realidad le ha maniatado el alma. [A cierta edad, uno ya no vive: sobrevive. ¿Y si esa edad fuera la del nacimiento?]. En el local se acumulan los colores. La gente habla alto y, a veces, ríe. Algunos fuman. Suena la voz floral de Billie Holiday, que fue prostituta y yonqui, en el hi-fi del antro. No es domingo. Escucho a D. contarme que alguien le había confesado en Brasil, en una conversación íntima, que se había acostado con veintidós mujeres desde que estaba casado [«¡Es que soy un hombre!», había puntualizado su interlocutor, con un deje de asombro por tener que dar una explicación tan obvia; además, era brasileño]; lo más extraordinario era que aquel macho inexorable recordara el número exacto de beneficiadas. Veo a los camareros trasegar pintas y destornilladores, coca-colas y güisquis, con impostada naturalidad [necesaria para justificar la propina], y yo mismo trasiego un léxico agujereado, subjuntivos vacilantes, recuerdos como el papiro –amarillean, pero aún crujen en los labios–, confesiones que no me hagan merecedor de su desprecio, como la del brasileño. Observo lo refrescantemente barroco del lugar frente al infierno suburbial en el que nos encontramos: aparcamientos como páramos; restaurantes atrozmente iguales; supermercados de fealdad gloriosa; gasolineras decoradas por un paranoico con estudios de mercadotecnia en alguna universidad de Idaho: unas afueras que podrían ser todas las afueras, o que podrían ser el centro.

Cerca de allí anduvimos una noche. Cubrimos la milla y media que nos separaba de la plaza mayor de Decatur, y tomamos otra cerveza en un local con música en directo. [En el centro de la plaza, como en tantos otros pueblos del país, se encuentran los juzgados. La justicia –aunque sea allí cruel– preside la vida de la comunidad; en muchas localidades inglesas es el ayuntamiento; en España, la iglesia]. Hacía calor: ese calor pétreo que arrastra pedazos de humus y de sol, y que enloquece a los insectos. [Junto a los tribunales, la inevitable estatua del soldado de la Confederación, con una manta en bandolera y la bayoneta calada]. Un vagabundo estaba sentado a una mesa, con la mirada perdida. Era un vagabundo esdrújulo, de nariz acalabazada y barba cósmica; la ropa –una chaqueta de camuflaje, un pantalón de chándal, una gorra de John Deere [la marca preferida de maquinaria agrícola, en los veranos de mi infancia, entre los niños de Azanuy; incapaz de distinguir un tractor de un volquete, me asombraba de cuánto les gustaba a aquellos muchachos contemplar una cosechadora]– se le arremolinaba en el cuerpo como a un tuareg. Cargaba una bolsa grande como el mundo, rechinante de colores y de mierda, y se atrincheraba en un silencio tan largo como los tragos que dispensaba a la botella de la que era apéndice. Desprendía un hedor amable, mezcla de roña y vainilla, y le orbitaban mosquitos, que ni siquiera se preocupaba de espantar, fiado quizá a la coraza de su mugre. Esgrimía minúsculas dignidades, como la forma, císnica, de sostener el vaso de plástico, o el cuello, esbelto como el trazo de un calígrafo japonés. De pronto, recuperó la mirada extraviada [la trajo de alguna próxima lejanía, donde acaso se demorara en cuerpos incorpóreos, en realidades horras de realidad] y nos la dio como una aguja que no hería.

La música provenía de una garganta sudorosa. Calzaba esas chanclas de dedo que antes sólo se usaban en la playa, pero con las que ahora se va a la ópera. El muchacho se quejaba de las actuaciones sin recompensa y de las millas interminables. Era de Texas. Cuando cantaba, se le torcía el rostro y adquiría una expresión vagamente subnormal. Pero cantaba bien, aunque con mayor desgarro del necesario: hay cosas que inspiran más tristeza si no se dicen con tristeza. Preguntó, en una transición, si alguien vivía cerca; en ese caso, le agradecería que le permitiese ducharse en su casa, porque estaba empapado –sudaba, y había empezado a llover– y se sentía sucio. Yo bebía cerveza amarga. El vagabundo dejó la terraza con la bolsa pánica al hombro, y se adentró en el bar. El tejano, ingenioso y naïf –quizá judío–, señaló que, aunque apenas ganara nada, le bastaba con que le dejasen cantar sus canciones: una afirmación que sólo suscribiría un adolescente o un sabio. Tenía buena voz, pero había de moderar aquellas muecas. Caían gotas gruesas como ojos.

[Poema XV de Bajo la piel, los días, inédito]

***

Foto de Eduardo Moga, cortesía del autor.Quizá no esté todavía suficientemente reconocida la obra de este licenciado en Derecho y en Filología Hispánica que nació en Barcelona en 1962. Eduardo Moga lleva años realizando una apasionada labor crítica en las más prestigiosas revistas culturales, que ha recopilado en los volúmenes De asuntos literarios (2004) y Lecturas nómadas (2007). Además, su dominio del inglés (este catalán viajero ha vivido en Estados Unidos e Inglaterra) le ha llevado a difundir en castellano a autores tan necesarios como Billy Collins, Charles Bukowski, Frank O’Hara o William Faulkner, entre otros. Ha publicado una recopilación de cáusticos autores de todas las épocas en Los versos satíricos (2001).

Y a sus actividades de crítico y traductor hay que sumar su tarea de editor, atento a las más depuradas voces actuales. Es codirector de la colección de poesía DVD ediciones y responsable de antologías como Poesía pasión. Doce jóvenes poetas españoles (2004).

Todavía le ha quedado tiempo a Moga para desarrollar una muy peculiar obra poética propia, atravesada por las pulsiones más elementales. Ajeno a la facilidad, ha publicado los poemarios Ángel mortal (1994), La luz oída (1996), El barro en la mirada (1998), El corazón, la nada (1999), La montaña hendida (2002), Las horas y los labios (2003), Soliloquio para dos (2006), Unánime fuegoLos haikus del trenCuerpo sin mí (los tres de 2007) y Seis sextinas soeces (2008).

Traducido a varios idiomas e incluido en antologías editadas en varios países, premio Adonáis por La luz oída, ha tenido la generosidad de permitirnos publicar estas muestras de su obra y el poema inédito que cierra esta página.

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