La Rayuela

Elena Martín Merino


Hacía tiempo que Lynn se había acostumbrado a jugar sola.

Dejó la tiza a un lado cuando terminó de dibujar los cuadrados del suelo. Había un total de diez, formando una línea recta en la inmensa habitación, cada uno de ellos con un número marcado. El 5 y 6, así como el 8 y 9, estaban juntos, en una misma fila.

Empezó a jugar. Saltó a la pata coja hacia el uno. Luego, al dos, sin bajar la pierna. Fue entonces cuando se escucharon voces en la habitación de al lado. Murmullos inaudibles. No interrumpió su juego y siguió saltando hacia la casilla número 3.

Ahora sí, alguien se acercaba.

¿Creéis de verdad en la leyenda de ese vejestorio? ¡No es más que un cuento para críos! Volvamos a casa cuanto antes replicaba una voz infantil de niño. Lynn recordó vagamente una queja parecida a la suya, de hace muchos años.

No podía interrumpir su juego. Saltó hasta el número 4, desequilibrándose un poco al prestar atención, a la vez, a la respuesta de otro niño:

¡Miedica! Comprobemos si es cierta o no, si tan seguro estás. Además, ¡fijaos en esta gigantesca mansión! Podríamos hacer lo que quisiéramos y nadie nos regañaría, porque aquí no vive nadie se oyó a otro niño.

¡Una base secreta! propuso una voz de niña.

Lynn volvió a saltar y abrió las piernas al chocar sus pies contra las casillas 5 y 6. Se felicitó a sí misma. Había sido una caída perfecta.

Pero la casa está muy vieja, podría derrumbarse… –insistió el primer niño que había hablado.

“Y no hay nada divertido que hacer”, no pudo evitar pensar Lynn. Intentó concentrarse de nuevo en su juego. Al saltar a la casilla número 7, se recordó volver a ponerse a la pata coja antes de caer. Por poco tuvo que volver al principio.

¡Tonterías! ¡Eso es lo que nos dicen los adultos para que no entremos! ¡Ellos también tienen miedo de la casa encantada! replicó la niña.

Se oyeron pasos apresurados hacia la puerta que accedía a la habitación donde se encontraba Lynn. Ella saltó hasta las casillas 8 y 9, estirando de nuevo la pierna recogida. La voz del segundo niño se oyó demasiado cerca:

¡Demostrémosles que están muy equivocados! ¡Estoy harto de que mi papá no pare de repetirme que no me acerque aquí!

Giró el pomo y abrió la puerta justo en el momento en él que Lynn terminaba su recorrido y aterrizaba sobre el número 10. Los dos niños se apresuraron a alcanzar a su amigo, quien se había quedado paralizado en el marco.

Las paredes, antaño de color cobre, estaban desgastadas y sucias, además de cubiertas por un espantoso color rojizo que puso los pelos de punta a los niños. El suelo, cubierto ya por una capa de polvo, estaba resquebrajado, además de haber en él varios muebles, cajones u objetos caídos, la mayoría rotos. Pocos se sostenían aún en pie. Además, tablones de madera desprendidos del techo daban un aspecto más anticuado a la enorme habitación.

Pero lo que más le chocó a todos fue la niña. Debía de tener alrededor de siete años, como ellos, con un rostro con claros vestigios infantiles y ojos muy claros. Tenía el pelo recogido en una larga trenza morena que caía por su espalda, adornada al final por un oscuro lazo. Llevaba un vestido negro, con medias y zapatos del mismo color. Parecía venir de un funeral. Salvo que un nuevo color adornaba la zona por donde debía de estar su corazón: el rojo. Incluso les dio la impresión de que aún chorreaba.

Lynn, por el contrario, no se impresionó de la llegada de los niños. Se fijó en el propietario de la segunda voz que había hablado, él que iba al frente de ambos y quien había abierto la puerta. Le recordaba a un chico que también fue a visitarla en su momento. ¿Hace cuánto fue? ¿25 ó 30 años? Para Lynn, el tiempo no pasaba, por lo que no podía saberlo con certeza. Tampoco la importaba.

El primero en gritar fue el niño que deseaba irse de allí en un principio. Dio media vuelta y salió corriendo, en cuanto tuvo una razón con fundamento para hacerlo. La niña le siguió, también muy asustada. El último sólo tardó unos segundos más en tomar la misma decisión. Nunca más volvería a cuestionar las prohibiciones que su padre le hiciera, se prometió.

Lynn volvió a quedarse sola. No se sintió dolorida por haberlos asustado. Hacía tiempo que había dejado de sentir. No tardó en volver a concentrarse en su juego. Después de todo, era lo único que podía hacer hasta que su madre regresara con ella.

Elena Martín Merino, 2010.

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